Director: Daniel Burman
Guión: Daniel Burmán, Sergio Dubcovsky, Marcelo Birmajer, adaptación de la novela Villa Laura de Sergio Dubcovsky
Fotografía: Hugo Colace (ADF)
Edición: Pablo Barbieri
Música: Nicolás Cota
Dirección artística: Margarita Tambornino
Producción: BD Cine
Duración: 105 minutos
Intérpretes: Graciela Borges, Antonio Gasalla, Elena Lucena, Omar Nuñez, Rita Cortese
¿Qué puede resultar cuando se juntan las almas y la influencia de dos personalidades tan distintas como la de Woody Allen y la de Manuel Puig? He creído observar y disfrutar sin complejos la respuesta viendo Dos hermanos, la última cinta del extraordinario director argentino Daniel Burman. Sí, porque aunque la historia es una adaptación de la novela Villa Laura de Sergio Dubcovsky, parece haber sido escrita con el pulso de alguno de los libros de Manuel Puig y las mismas lógicas que mezclaba para caracterizar, y sobre todo, para relacionar a sus personajes. Porque Burman más que diseñar el carácter de un personaje, se preocupa por relacionarlos. Esto es lo que hace con Antonio Gasalla y Graciela Borges, dos grandes actores a los que se atreve a homenajear incluso dentro de la película. Marcos (Gasalla) y Lucrecia (Borges), sostienen un duelo entre dos lógicas, dos permanentes modos de crecimiento y desarrollo, son personajes que suceden como campos de acontecimientos y modalidades de transformación en la familia. (Hay una secuencia extraordinaria en que Marcos y Lucrecia espían a los vecinos usando unos vasos para filtrar el sonido, comenzando un duelo que desnuda recuerdos y resentimientos del pasado en la familia. Marcos ha empezado a frecuentar a su hermana luego de perder a su madre, la mujer a la que acompañó toda su vida, viviendo una relación de dependencia muy particular, casi adolescente y formativo. (Gasella se luce en el papel.) Una vez más Burman se detiene a definir, como sucede en Derecho de Familia y El nido vacío, una poética y micro política de las tensiones y el cambio familiar a través de las pulsiones, deseos, fantasías, rituales privados, chismes, deudas y traiciones de sus personajes. Como lo hizo siempre Puig (un saqueador de intimidades), son sujetos confiables y adorables como Marcos, otros extravagantes, con tendencias a la impostura y la manipulación, como Lucrecia. De Allen, Burman aprendió el género, a escribir muy bien sus diálogos, a caracterizarlos a la perfección como en el high comedy americano.
Burman es un cineasta extraordinario. Hay que acercarnos sin complejos y la provocación será total. Un placer absoluto.
Jorge Ayala










