
Última parada 174 (de Bruno Barreto. Brasil, 2008).
Como en una película urbana, salvaje y brutal de William Friedkin o de Michael Cimino, y al mismo tiempo con una fuerte carga de denuncia social, el último film de Bruno Barreto es un complejo y contundente relato de la vida en la favelas de Brasil. Un retrato de sobrevivencia de dos adolescentes marginales cuyos destinos estarán fatalmente encadenados a los de todo un país. Sin la glamourización de la violencia que este mismo tema ha provocado antes (por ejemplo, Ciudad de Dios, con la que comparte el mismo guionista) cada bala que se dispara en este film no es pirotecnia visual, es simplemente irreparable.
Los Paranoicos (de Gabriel Medina, Argentina 2008).
Fronterizos totales. Los paranoicos personajes de este film no atan ni desatan, ya sean exitosos en apariencia o perdedores irremediables. Y aunque supuestamente han pasado la treintena, sus tambaleantes almas no han superado las vicisitudes de una temprana adolescencia. Daniel Hendler vuelve a demostrar que es un animal cinematográfico de alto calibre y el representante de una nueva generación de muy buenos cineastas, con ideas frescas y que hacen gala de una puesta en escena que asombra por su madurez y dominio de recursos formales. Como un Mastroianni contemporáneo, Hendler le da vida a las angustias y desazones de esta época. A veces ríe y en otras, como en esta oportunidad, sufre. Excelentes actores secundarios (Jazmín Stuart, Walter Jacob) y una banda sonora punkie para salir corriendo e ir a comprársela inmediatamente.
Fiesta de la niña muerta (de Matheus Nachtergaele, Brasil 2008).
En un pequeño pueblo brasilero a orillas del Amazonas una fiesta religiosa está a punto de celebrarse. Una fiesta que detona la locura y el ardor de la devoción y el sufrimiento de los hombres por alcanzar el instante místico. Aquella niña muerta, aquella niña santa no existe, y por ende tampoco dios. Lo que si pervive son nuestros cuerpos que se revuelcan en esta tierra, azotados por el sol, la lluvia y la fiebre sexual. Intrincada, compleja, exuberante, como en una novela de Alejo Carpentier, esta ópera prima del actor Matheus Nachtergaele consigue erizarnos la piel por la fisicidad de sus encuadres y las texturas de su impecable trabajo de iluminación. Además tiene la desfachatez de enrostrarnos algo que conocemos y callamos: que nuestra civilización no es más que una precaria caricatura de una pretendida apariencia de normalidad, que nuestros santos no lo son, que nuestras creencias religiosas se originan en horrendos espasmos corporales, aun cuando en el cielo la más bella noche azulada esté a punto de despuntar.
La Nana (de Sebastián Silva, Chile 2009).
¿Se puede hacer una tesis antropológica y al mismo tiempo una film brillante y emotivo? Sí, La nana es prueba fiel de que los temas en el cine no se agotan, solo se renuevan los puntos de vista y las ideas. Esta vez el tema son las empleadas del hogar, nanas de cama adentro y la singularidad de su arduo trabajo dentro de la casa de una acomodada familia burguesa aparentemente estable. Si Claude Chabrol evidenció una patológica lucha de clases en La Ceremonia que terminaba en tragedia, Sebastián Silva opta por lo contrario, no niega el conflicto de clases ni la violencia latente entre los miembros de una familia (la cual se desata ante el más pequeño de los incidentes), pero si otorga a los personajes una salida al final del túnel en donde la humanidad de los protagonistas es puesta en relieve porque lo que más importa es que no se resquebraje la precariedad de la unión de los vínculos afectivos. El director nos muestra el rostro de aquellas mujeres que trabajan casi en silencio y de quien no conocemos absolutamente nada, aunque hayan vivido con nosotros todas nuestras vidas. Pero respeta su amargura, su dolor y su silencio, pues, es similar al de nosotros.
Gigante (de Adrián Biniez, Uruguay 2009).
La escuela uruguaya Rebella/Stoll (quienes nos regalaron alguna vez Whisky y 25 watts, dos piezas de colección del nuevo cine latinoamericano) empieza a tener descendencia, una casta que mas que cineastas son amigos tuyos a quienes se les da por reconstruir el mundo con imágenes inundadas de un delicado silencio y de buena onda. Nietos todos del gran Aki Kaurismaki con quien comparten un fino humor socarrón. Gigante es la historia de Jara, un vigilante de supermercado, grandazo y metalero, pero tierno como un tímido niño de cinco años, que está a punto de encontrar el amor en Julia, una chica de limpieza con cierta tendencia a tropezarse con las cosas. Un poco como en Punch Drunk Love de Paul Thomas Anderson, Biniez también nos habla de la inadecuación de los cuerpos en ambientes despersonalizados y neutros donde inesperadamente florece la oportunidad del amor. Por cierto y no es un detalle menor, el director, ha encontrado en el rostro de Julia (Leonor Svarcas) a nuestra propia Katii Outinen. ¡Qué felicidad!
Huacho (de Alejandro Fernández, Chile 2009).
Mezcla de aproximación documental y vanguardia cinematográfica, Huacho es una reflexión sobre dos temas fundamentales en el ser humano: el trabajo y el tiempo en el que habitamos y nos desplazamos. En el seno de una humilde familia de campesinos chilenos ambas reflexiones adquieren una potencia y reverberación casi universal. Con Huacho regresamos a lo primigenio, la familia, para extendernos a una multiplicidad de temas tales como la dura vida laboral en las periferias o cómo afecta la caída de un sistema económico en quienes menos tienen. Podemos citar en este film la influencia de la obra de Abbas Kiarostami y la de Jean Pierre y Luc Dardenne, en su aproximación filosófica al malestar del hombre contemporáneo, sin minimizar sus propios hallazgos formales. Un cine total, una obra maestra para atesorar y ser estudiada a mayor detalle cuando decidamos ver y entender al otro, es decir, cuando este mundo que conocemos y consumimos irresponsablemente empiece a resquebrajarse y a caerse en pedazos.
Excusiones (de Ezequiel Acuña, Argentina 2008)
Esta pequeña, pequeña, pequeña película de Ezequiel Acuña es toda una síntesis de sus preocupaciones cinematográficas y emocionales como realizador. Dos amigos vuelven a encontrase luego muchos años para realizar el proyecto artístico de uno de ellos. Conversan, recuerdan tiempos pasados, patinan, trabajan un poco y fin. Diálogos sencillos, a veces muy efectivos, y un pretendido medio tono que no molesta en absoluto, porque la amistad y sus íntimos secretos no necesita más que sinceridad para ser verdadera. Y la amistad juvenil es más o menos como se nos muestra aquí: en blanco y negro y con las zapatillas llenas de arena de playa.
Enrique Vivar