Retrospectiva de Jacques Tati
Existieron muchos directores que en una primera etapa del cine mudo establecieron las reglas del gag, del humor, de la comedia. Hasta la fecha, las fórmulas para hacer reír de Chaplin, Keaton, los hermanos Marx y, por supuesto, el gran Jacques Tati, siguen ahí, como si fueran la biblia de los comediantes de todos los tiempos. Lo cierto es que Jacques Tati (1907-1982) creció viendo cine mudo y con la influencia del music-hall, y cuando llegó el momento de hacer reír, puso en marcha todo lo aprendido por sus maestros, pero con un tono nuevo, un sentido del humor francés y un mundo para reírse que ya estaba más anclado en la modernidad del mundo. Ahí está entonces el cartero de Día de fiesta (1949), tratando de emular la velocidad de los americanos y empotrándose contra los árboles en su torpeza, acompañado, eso siempre, por los sonidos de los animales y la campanilla de su bicicleta, que nos anuncian nuevos accidentes. Y luego está también el personaje entrañable de Monsieur Hulot (Las vacaciones del señor Hulot, 1953), con su sombrerito y su pipa, tratando de sobrevivir entre pequeño-burgueses de veraneo, fracasando nuevamente debido a su torpeza. Y este mismo personaje que se fue de vacaciones con su sombrerito y su pipa se convierte luego en Mi tío (1954), una vez más luchando contra los elementos, en una casa absurdamente moderna, aunque esta vez, eso sí, hay alguien que quiere ser como él: su sobrino. Ahí están las puertas que se abren con controles remotos, como por arte de magia, pero vistas desde el humor de un nostálgico tierno que se niega al cambio del mundo. Porque de este deseo se nutre principalmente su cine que viene luego (Playtime, 1967; Trafic, 1971; Parade, 1974), tanto así que en su última película regresa al mimo, al circo, en plenos años setenta, como tratando de luchar contra los tiempos.
Rossana Díaz Costa
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