LOS VIAJES DEL VIENTO, un film de Ciro Guerra

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Director: Ciro Guerra
Guión: Ciro Guerra
Dirección de Fotografía: Paulo Pérez
Dirección artística: Angélica Perea
Sonido: José Jairo Flórez
Montaje: Iván Wild
Música: Iván “Tito” Ocampo
Producción: Cristina Gallego, Diana Bustamante
Intérpretes: Marciano Martínez, Yull Núñez, Rosendo Romero, Beto Rada, Guillermo Arzuaga, José Luis Torres
País: Colombia
Formato: 35 mm – COLOR
Año: 2009
Duración: 117 minutos

Para desmerecer a Ciro Guerra y su película, la crítica sostiene dos versiones: la primera, que el personaje del juglar Ignacio Padilla es demasiado plano y se representa sin emociones. La segunda, no demasiado lejos de la primera, afirma que en la película no sucede demasiado y que la historia cae. (Hay una tercera versión que considera que la película posee un metraje excesivo. La leí en un diario. Las anteriores las oí en el cine.) Ambos argumentos objetan en definitiva el guión de Ciro Guerra.

Para refutar estas críticas –o darles la razón- basta con olvidarse de cómo escribe Ciro Guerra y pensar qué es lo que hace en Los viajes del viento. Elige a Marciano Martínez (gran músico y compositor, leyenda del vallenato colombiano. Martínez se topó en la calle con un amigo que le contó que en su casa hacían un casting para encontrarle protagonista a una película, asegurándole que él era el hombre indicado para asumir ese papel) para hacer –porque Martínez no actúa (no es un actor, es un actuante), hace- de Ignacio Padilla, juglar colombiano que domina el acordeón y el arte de la improvisación musical, y que debe realizar un largo trayecto para entregar el acordeón a su maestro. Padilla ha sido siempre un transeúnte, un hombre de paso (un paseante), un hombre–tráfico que casi nunca habla, ni canta, ni toca, ni actúa; no simula nada. Es un maestro de ruta que hace sencillamente lo que cada situación le exige – y la vida le exige poco- . Es huraño y posee esa extraña sensibilidad que hace de los maestros una especie notoriamente fría  y lejana. Al iniciar su viaje, Ignacio es abordado por un muchacho que quiere aprender a tocar el acordeón. Ignacio rechaza su pedido pero el joven decide convertirse en su sombra, recorriendo juntos un camino que se prolonga con los descubrimientos que surgen en el desplazamiento, modalidad de creación que hace que Los viajes del viento se convierta además en un film musical. Suponer que nos encontramos frente a una pieza dramática donde existen actores que desarrollan roles determinados es solo una posibilidad. Sin embargo, ¿Deberíamos estar tan seguros de ello? ¿Realmente es una pieza dramática lo que desarrolla Los viajes del viento? Si fuera así, ¿qué guión se estaría representando? ¿Qué guión se espera? ¿No sería mejor asumir que no existe un argumento sino más bien un sinsentido, un gesto –devolver el acordeón- que en realidad no dice nada en concreto? Porque existe un momento en que el actuante participa de series discontinuas de acontecimientos y secuencias inconexas, materiales que no pueden ser conectados para armar un material o un relato consistente, sino que a lo sumo podemos rescatar secuencias que tienen cierta congruencia interna. Si Marciano Martínez no es un actor sino un actuante es porque el viaje no es un drama guionizado sino solo una acción que no actúa ni produce, sino que acontece. Solo el arte posee la capacidad de detenernos y hacer lento el ritmo para restituir los valores del tiempo a la lentitud de la contemplación, y eso es lo que hace Guerra casi como un landscape designer: realizar una película cuya belleza y sensibilidad la hace demasiado vulnerable.

Jorge Ayala Salinas

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