I. Chicas y maletas (Los abrazos de Almodóvar)

Aquel miércoles 20 de Mayo empezó con la última entrega de Pedro Almodóvar, Los Abrazos Rotos. Promediaba el medio día y estaba en una esquina de la sala Soixantieme pues no había butaca vacía en la zona central. Tenía mucha expectativa por ver este film, es más, en Lima había conseguido la banda sonora y me encantaba. (El track “Final y A Ciegas” interpretado por Miguel de Poveda, con arreglos de Alberto Iglesias, fue de vital importancia durante todo mi viaje). Las luces se apagaron y en la pantalla iluminada una mujer desconocida es observada a través de un monitor de video. Estamos en una pausa en el rodaje de una película, en aquel momento de movilización técnica donde todo está alborotado y no sucede nada. La desconocida es una doble de cuerpo, un reemplazo de la original, quien no es otra que Lena (Penélope Cruz), la protagonista de esta historia. Ella, al tomar su verdadera posición frente al encuadre, se abandona en un gesto y suavemente pierde su mirada en el vacío. Son sólo unos segundos pero el instante es revelador. Estamos desnudando la mirada de una actriz, de un personaje, de una invención de celuloide, y descubrimos una ausencia amurallada detrás de unos ojos negros que erizan la piel.
Los Abrazos Rotos es quizá la película más triste de Almodóvar y Lena su más trágico personaje, aunque irónicamente jamás la llegamos a conocer del todo. Ella es un recuerdo, una fantasía de amor correspondido, una foto partida en mil pedazos. Efectivamente los abrazos se han roto por un exceso de pasión. La de Mateo Blanco (Lluís Homar), director de cine y guionista, por Lena, su musa, a quien arranca de un matrimonio insano, para convertirla en su amante y poseerla en rincones, como ladrones agazapados en la oscuridad, en abrazos intensos pero fugaces que ilusamente él cree nadie ve.
En las tinieblas de un presente castigado por la ceguera y escondido bajo un seudónimo (Harry Caine), Mateo recordará su amor por Lena, y las trágicas consecuencias que quedaron de aquella pasión en todos los personajes encadenados a esta historia. Pero existe también otra pasión y es la del mismo Almodóvar por las referencias cinéfilas, propias y ajenas; fetiches con la artificialidad de un color o con el brillo una peluca rubia. Citas plegadas unas con otras en un film que no cesa de armarse y desarmarse mientras se mueve temporalmente. Lo notable es la laxitud y calma de su escritura, algo que venía puliendo en sus últimas películas y que en ésta encuentra un bello equilibrio. Madurez narrativa, en pocas palabras.

En Los Abrazos Rotos hay una meditación sobre el proceso creativo que conlleva realizar una película y que el director nos lo cuenta como si se tratase de un thriller de suspenso, con todo y ajuste de cuenta con el pasado. (Chicas y maletas, el film dentro del film es un guiño explícito a Mujeres al borde un ataque de nervios y a su relación con Carmen Maura). El Almodóvar de hoy es otro, no está ciego pero si muy inspirado, y es capaz de resumir su talento en momentos arrebatadores como el siguiente: Mateo y Lena han huido y se han refugiado en Playa del Golfo. El, fotografía el misterioso paisaje mientras Lena lo abraza enamorada. El viento sopla con fuerza pero ellos ya son una roca inamovible. Más tarde, al revelar la foto, Mateo descubre que en verdad ha atrapado con su lente a una pareja de amantes abrazados junto al mar. Son sus dobles, posibles amantes en fuga, como ellos. El director de cine ha renacido en la electricidad de un abrazo, sólo para captar lo efímero: la intensidad de un sentimiento proyectado hacia el infinito.
