13.05.09 – 14.05-09 (A modo de introducción)
Cannes es una batalla, creo que es el mejor adjetivo que le puedo otorgar. Es una pelea un tanto desproporcionada, trepidante y sobre todo extremadamente agotadora que mantienes contra un contrincante a quien no se le puede vencer y que irónicamente es alguien a quien has querido conocer toda tu vida. Tu adversario es una entidad cultural de 62 años y si no eres un peleador profesional puedes considerarte vencido de antemano. En verdad lo que haces es pelear contra un mito, un mito que no es exactamente ni cultural ni histórico, es un mito personal. Es imposible no dejarse obnubilar por la emoción de estar en un lugar con tanta leyenda cinematográfica y que indiscutiblemente decide que es relevante y que no lo es cuando a tendencias de última hora se refiere. Aunque es sencillo dejarse hipnotizar por el paisaje, las playas, el rumor del mar, las publicidades gigantescas que cuelgan de los lujosos hoteles como el legendario Carlton. Cannes está lejos de ser un paraíso (más aun, sino eres ni rico ni famoso ni posees un yate), es más que eso. Cannes es ante todo algo real y poderoso. Todo el mundo se detiene cuando este espectáculo empieza y ya sabes que cuando todas las luces se encienden es que tu batalla personal ha finalizado.

Cannes es una fiesta pagana y el Cine es uno de sus dioses principales pero no el único pues hay otros más, también es una especie de santuario junto al mar, como Lourdes pero para cinéfilos, tu puedes observar que las aceras están llenas de peregrinos en busca de un instante de bendición espiritual, de halo divino que se pose sobre sus almas traspiradas por el calor infernal, no llevan libros sagrados entre sus manos, sino programas, anuncios, revistas de cine gratuitas. Intenté unirme a la secta y los acompañe con mi transpiración, pero pronto me di cuenta que en el fondo soy poco creyente y que estaba a punto de dejar de serlo del todo. Creo que Cannes es una religión bastante curiosa porque siempre te deja observar el mecanismo de su poder. Es una gran máquina de producción que no cesa de operar. Esta máquina vende prestigio y produce arte al mismo tiempo, no se esconde ningún tipo de secreto, es un culto demasiado sofisticado: es la Riviera francesa.

¿Que nos queda entonces luego de tanto shock emocional? En verdad muchas cosas: fama por doquier, films de exquisita manufactura, manifiestos estéticos, nuevos cineastas por descubrir, jóvenes promesas (es el año de Latinoamérica en las secciones paralelas dicho sea de paso), hay grandes regresos, actuaciones de lujo. Contemporaneidad, tradición, ilusión de conocimiento: este es el negocio del cine de arte en su forma más elaborada y para mí una de las más importantes revelaciones de mi existencia. De pronto me di cuenta que crecí de golpe y que soy un poco más viejo y sabio, pero sobre todo tengo la seguridad de que he dejado de creer.
Enrique Vivar
Pages: