UNA VEZ EL AMOR: Algunas historias de amor no acaban en el altar (y su final es mejor)

Filmada en las calles de Dublín, con mayor énfasis en la funcionabilidad que en la elegancia, la película de Carney, una de las favoritas en el Festival de Sundance de este añ, no tiene el acabado visual de un musical ni suena ni transmite las emociones características de un musical. Es una película realista antes que fantástica, sus personajes trabajan en las canciones antes que cantarlas. El hecho de que esté hecha exclusivamente a escala humana le confiere a Once un encanto modesto, en clave baja, amable, que una producción más colorida o deslumbrante no habría conseguido. La fórmula es simple: dos seres humanos, unos cuantos instrumentos, ochenta y ocho minutos y ni una sola nota falsa.
Todo lo anterior es válido, aun si la música de la película no se ajuste al gusto del espectador. El personaje principal masculino no responde a un nombre preciso —al igual que el personaje principal femenino—: él (Glen Hansard) es un músico callejero que canta canciones folk, del tipo “hombre blanco coge su guitarra y se pone a pregonar sus miserias y tristezas”; son canciones caracterizadas por la predominancia de acordes abiertos y vibrantes, así como por la vaga sinceridad de unas letras de dramatismo autoreferencial. Al parecer, el tema de las canciones es el desencanto amoroso, una experiencia que el personaje ha sufrido, luego de que una descarrillada novia se mandase mudar, no hace mucho, a Londres.
Esta información la conocemos gracias su nueva amiga, una joven checa (Marketa Irglova). El músico callejero compone la aspiradora de la muchacha —de día, él trabaja en el taller de su padre—; luego, se le insinúa, pero sin demasiado entusiasmo. La muchacha lo rechaza sin ambages. En un principio, la honestidad a prueba de balas de la muchacha lo irrita. Aunque entre ambos ha surgido una evidente atracción —las palabras mordientes de Irglova se complementan de maravillas con la lerda sinceridad de Hansard—, Once está lejos de ser una historia de amor convencional; es, en cambio, la historia de una camaradería creativa, fruto de la casualidad, acaso un vínculo más profundo y riesgoso que el meramente sexual.
¿Qué pasa? Pues que ella, la joven checa, también es músico, nada menos que una pianista de formación clásica, interesada, por lo demás, en componer sus propias canciones. Eso sí, sus perspectivas profesionales son mucho menos estelares que las del músico callejero —ella vive, con su madre y con su pequeña hija, en un pequeño departamento, y se las arregla limpiando casas, vendiendo flores en la calle—; las canciones del músico callejero, sin embargo, le gustan. La joven checa se siente feliz de cantar la armonía y de escribir la letra para una melodía del músico callejero, una tonada particularmente complicada.
Puede parecer una grandilocuencia, una estupidez, prodigarle halagos a una película cuyo centro dramático es la grabación de un demo; se corre el riesgo de que tanto entusiasmo crítico pueda parecer desproporcionado. No estamos ante una película que tenga grandes ambiciones ni grandes mensajes que declamar. Once no busca estructurar una intriga. El filme celebra lo rutinario, la conservación del buen humor en medio de lo cotidiano y el deseo no solo de componer una canción o grabarla, sino el anhelo aún más profundo de comunicarse; un anhelo que subyace a toda empresa artística que valga la pena de ser acometida, consumida y comentada. La mezcla de felicidad y tristeza que deja la visión de la película, su peculiar capacidad de conmover, proviene de un acto de lucidez: la satisfacción de aquellas aspiraciones es usualmente transitoria, aun cuando a veces pueda rozarse la trascendencia.
Ni Hansard ni Irglova son actores profesionales, pero ambos son talentosos compositores y cantantes. (Hansard es cantante de una banda llamada Frames). La candidez de la pareja protagónica protege a la película contra todo desvarío sentimental. Es sabido que una canción —incluso, una mala canción, si la escuchamos en el momento oportuno— puede arrojar un rayo de magia sobre la vida cotidiana; Once entiende y comunica esa magia pop de todos los días, y lo hace de una manera tan simple y honesta que el espectador tendrá ganas de verla más de una vez.
Extraido de The New York Times
