REALISMO Y METAFORA: 4 meses, 3 semanas y 2 días

Hay una importante diferencia, sin embargo, entre una y otra imagen. Al principio, las dos jóvenes hablan y se comportan como si la cámara no estuviera allí, como si hubieran sido sorprendidas en sus quehaceres por un encuadre que retrocede poco a poco hasta dejar ver lo angosto de la habitación que comparten. El último plano del film se cierra, por contraste, cuando Otilia se vuelve hacia la cámara y su mirada parece interpelarnos a nosotros, los sorprendidos espectadores que quedamos así delatados como auténticos voyeurs de una función desde la que, de pronto, se nos interroga en tanto que testigos.
Tiempo real y tiempo esculpido
Los encuadres amplios y la temporalidad interna de cada plano-secuencia materializan el discurso del film. En una Rumanía en la que el aborto es clandestino, en la que la mirada de los conserjes de un hotel puede hacer sospechar la vigilancia de la seguridad estatal, en la que las calles nocturnas, solitarias y amenazantes dibujan una geografía social sumergida en el miedo y en la oscuridad…, en ese pais (espacio físico, social y moral a la vez), la vivencia traumática de dos jóvenes atrapadas en una circunstancia que las sobrepasa y que las convierte inevitablemente en víctimas se queda congelada y atrapada en el tempo interior de las imágenes que lo retratan. El tempo y el latir de un film que parece observarlas desde fuera, que coagula materialmente en el tiempo y en el espacio la bajada a los infiernos implicita en todo intento de desafiar al sistema.
Impecablemente física y conductista, la narración orquestada por Cristian Mungiu carece de toda muleta psicologista. El cineasta acompaña a su criatura (Otilia/Anamaria Marinca) en todo momento. Permanece siempre a su lado y comparte con ella su actitud y sus movimientos. La seguimos sin descanso en su itinerario y entramos, unicamente, en el universo diegético definido por su presencia y por los encuadres de cada plano. Pero hay, sin embargo, una única y en verdad reveladora excepción.
Sólo en el momento mas traumático de su periplo (cuando se sacrifica para ayudar a su amiga), la cámara abandona a Otilia para quedarse, en un significativo paréntesis, al lado de Gabita. Comprendemos entonces que se nos ha expulsado de la representación para no hundir el bisturí en lo más doloroso de un trance cuya intimidad solo le pertenece a ella, a esta criatura frágil pero de poderosa fortaleza interna, cuya generosidad no proclamada ni reivindicada conduce en todo momento el discurrir de la narración. De ahí que la decisión mas polémica de todo el film (el plano que muestra en el suelo aquello de lo que Otilia despues deberá deshacerse) aparezca entonces como una opción profundamente moral y no como una concesión al tremendismo, según la errónea lectura que a veces se ha hecho de dicho plano. Una opción que implica acompañar a Otilia cuando descubre la imagen que ya nunca la abandonará, cuando recibe el impacto más difícil de integrar en su particular cosmovisión emocional.
No es extraño que esta obra áspera y poco complaciente, capaz de formular un modelo realista analítico y estilizado al mismo tiempo, de erigir una imagen testimonial y metafórica simultaneamente, concite tantas adhesiones como debates. En sus entrañas anida la memoria de un tiempo oscuro, la huella de una herida que sangra todavía en la buena conciencia de la Europa progresista que en su día contemporizaba con Ceaucescu o que optaba por ignorar la dolorosa realidad de aquella sociedad.
