PEPPERMINT CANDY: una vida que quiere salir de la tragedia y volver a la felicidad del comienzo [1]

Al inicio de Peppermint Candy de Lee Chang Dong, un hombre bien vestido, acaso ebrio, sin dudas alterado, se tropieza con una reunión informal, al aire libre, de unos hombres y mujeres que, veinte años atrás, trabajaron junto con él en una fábrica. Ellos se acuerdan de los viejos tiempos y lo reconocen; él, sin embargo, parece haberse alienado del mundo. Tras alarmarlos con su comportamiento errático, el hombre, que se llama Yongho (Sol Kyung Gu), se trepa a un puente cercano, encima del cual se extiende una red ferroviaria, y, al tiempo que un tren se aproxima, le grita al espectador: “¡Quiero volver!”
La película (que será exhibida esta noche y mañana en el Festival de Nuevos Directores/Películas Nuevas[2]) cumple ese deseo, pone marcha atrás y, en busca del origen del descalabro de su protagonista, retrocede veinte años en la historia de Corea del Sur. El punto final de la narración es el mismo donde había comenzado, a orillas del mismo río, pero en 1979: el mismo grupo de trabajadores, con toda su vida por delante, cantan, al aire libre, alistan una reunión informal. Entonces, Yongho, un muchacho alto y tímido, de veinte años, alto, le cuenta sus sueños a su novia Sunim (Moon So Ri). Por supuesto, nosotros, los espectadores, ya sabemos que nada de lo que él espera del futuro se hará realidad.
El desenlace tiene un poder discretamente devastador, pues, efectivamente, nosotros, los espectadores, ya sabemos que, en las próximas dos décadas, Yongho pasará del optimismo juvenil a una brutal, encallecida y cínica adultez, para acabar convertido en un hombre de mediana edad sin esperanzas. A manera de epígrafes, al inicio de las siete secciones que conforman la película, vemos unas imágenes filmadas desde la parte delantera de un tren en movimiento, imágenes que, proyectadas hacia atrás, tal vez connotan una vida que se distancia del futuro, que rastrea su punto de partida. Los capítulos en la vida de Yongho adquieren sentido cuando se relacionan entre sí. De esta suerte, entendemos un encuentro casual y extraño, en un restaurante, a principios de los noventa, después, sólo después —o sea, en retrospectiva—, cuando asistamos a un interrogatorio policíaco, brutal, conducido por Yongho en la década previa.
Frío, acentuadamente común, adocenado, incapaz de sentir compasión, el egoísmo y el conformismo son los pecados del protagonista. Antes de fracasar como esposo y como hombre de negocios, Yongho ha logrado cierto éxito como oficial de policía, maltratando estudiantes díscolos, abusando de líderes sindicales. En un momento posterior de su vida —o sea, en un momento anterior del filme—, el anhelo de llegar a Sunim lo consumirá, pero él será incapaz de expresarle su amor, así como tampoco será capaz de sentir en absoluto ternura por Hongja (Kim Yeo Jin), la mesera de una casa de té, con quien, llegado el momento, habrá de casarse.
Evidentemente, el malestar de su existencia comporta una dimensión política, acaso un tanto difícil de aprehender para quien ignore la historia reciente de Corea del Sur. La crisis definitiva de Yongho se desarrolla durante una tensa movilización militar. Sólo después de la proyección, y tras haber consultado las notas de prensa, yo he entendido que tal escena ocurre durante la masacre de Kwangju[3], en 1980, un momento crucial en la prolongada y difícil transición a la democracia que experimentó el país.
Si algo de la fuerza de la película de Lee puede menguar entre quienes no somos surcoreanos, la seguridad y la destreza de la dirección, así como el carisma circunspecto de Sol Kyung Gu, el actor principal, se hallan, por el contrario, a disposición de los espectadores de todas las latitudes. La angustia de Yongho acaso tenga su fuente inmediata en una serie específica de traumas nacionales; pero la angustia en sí —esa sensación de vida mal vivida por motivos impenetrables, esa sensación de sucesos que sobrepasan nuestro entendimiento—, la angustia es una enfermedad moderna, dolorosamente universal.
Extraído de The New York Times
[1] Peppermint Candy: A Life Retreats From Tragedy to Happy Beginnings se publicó el 31 de marzo de 2008. (N.d.T.)
[2] Organizado por el Departamento de Cine del Museo de Arte y por la Sociedad Fílmica del Centro Lincoln, el New Directors/New Films Festival es, para los cánones de Nueva York, una actividad cultural pequeña. Dura alrededor de una docena de días. No tiene carácter competitivo. Como lo explica su nombre, el festival se interesa en la obra de directores emergentes. Su trigésimo octava edición está programada del 25 de marzo al 5 de abril de 2009. (N.d.T.)
[3] Tras el magnicidio del general Parl Chung-hee —dictador durante dieciocho años, abatido en 1979—, el ejército se hizo nuevamente del poder e instituyó la ley marcial. Estudiantes y profesores universitarios se manifestaron, pidieron reformas democráticas. La protesta alcanzó carácter nacional. Su punto culminante sucedió, entre el 18 y el 27 de mayo de 1980, en la ciudad de Kwangju. El ejército respondió, y la cifra de muertos, aún incierta, se calcula en un par de centenares. Una década más demoró la plena democratización de Corea del Sur. (N.d.T.)
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