LOS TIEMPOS CAMBIAN: Pasado y presente de un gran amor que no tiene un futuro
De estas diferencias de percepción, de estos malentendidos, de estos desencuentros está hecha la materia de Los tiempos cambian, el film con que el director francés André Téchiné vuelve a su mejor nivel, el de Secretos de amor (1981) y Toda una mujer (1986), también protagonizados por la Deneuve. Es más, se diría que estos choques –de sensibilidades, de culturas– tienen una expresión literal en el primer reencuentro de Antoine y Cécile, cuando ante la impresión que le provoca su cercanía él se lleva por delante, como si no existiera, la puerta de vidrio de un supermercado, hasta terminar bañado en una sangre que le parece ajena.
Los tiempos cambian es también un film de paradojas. El, que reaparece como un zombie de ultratumba de un pasado que parecía enterrado, es puro tiempo presente: acción, motor, sangre, alegría, dolor. Ella, en cambio, tan racional, tan equilibrada, tan consciente de la realidad (y sus limitaciones), se podría pensar que está detenida, inmóvil, objeto pasivo de una pasión ajena, que no atina muy bien a comprender, abrumada como está por esa súbita, inesperada reaparición, que pone en crisis su cómoda, anestesiada rutina.
Como suele suceder en el cine Téchiné, que tiene un sol, un centro, y una serie de planetas que giran a su alrededor, en Los tiempos cambian también hay una serie de subtramas que van alimentando o comentando el núcleo del film. La alusión a las aventuras del marido de Cécile o la brusca llegada de su hijo, acompañado de su novia (a quien engaña a su vez con un muchacho marroquí), no hacen sino poblar de fantasmas el difícil presente de esa mujer que creía tener su vida bajo control. Como en una sala de espejos, las imágenes se multiplican y se reflejan entre sí.
Sin desprenderse jamás de los parámetros del realismo, Téchiné (que aquí contó por quinta vez con la colaboración del guionista Pascal Bonitzer, un viejo amigo de los tiempos en que ambos escribían crítica en los Cahiers du Cinéma) consigue que Tánger sea el escenario ideal para esa extraña interzona –como llamaba William Burroughs a la capital de Marruecos– donde se produce el reencuentro de la pareja. No parece casual, en todo caso, que el film apele a una estructura circular, donde el final es también el comienzo, como si se tratara de un tiempo y un espacio cerrados en sí mismos.
En un film en apariencia clásico, hay otra audacia de Téchiné y es la decisión de volver a reunir a Catherine Deneuve y Gérard Depardieu. La mítica pareja de El último subte (1980), de François Truffaut, reaparece aquí no sólo con el peso específico de sus personajes, sino también con aquel que les proporciona el de su carácter de máximas estrellas del cine francés. Es un doble pasado entonces con el que Antoine y Cécile cargan a cuestas, el que les depara específicamente esta ficción y también aquel con el que especula el film: el del imaginario que construye en la memoria colectiva del espectador la historia del cine.
