EL AMIGO DE VERDAD NO TE JUZGA NI TE HACE ASCOS [1]

Por Manohla Dargis/Traducción Carlos Zevallos Bueno

Feroz, en absoluto sentimental, con brillantes y frecuentes aciertos de dirección, Cuatro meses, tres semanas y dos días cuenta la historia de una muchacha que colabora con el aborto de una amiga suya. En esta película, la cámara no persigue la acción, por el contrario, se limita a expresar una conciencia en sí. Tal conciencia —viva, alerta ante el mundo— encarna en una joven estudiante universitaria, quien, un día de inverno, a finales de los años ochenta, decide ayudar a que su compañera de habitación no sea madre. A la sazón, Ceauşescu [2] gobierna Rumania, y tales intervenciones médicas, si bien no son raras, se realizan en la clandestinidad, con resultados a menudo fatales. Historia violenta, nada complaciente, que finalmente se traduce en un hipnótico (a la vez que hipnotizado) logro estético e intelectual.

Seguramente el lector ya tiene alguna noticia de Cuatro meses, tres semanas y dos días. El año pasado, ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes. Sin embargo, hace apenas unas semanas, los filisteos que seleccionan las candidatas al Oscar a Mejor Película Extranjera, sencillamente la descartaron. Una lástima, porque los Oscar, esos premios absurdos, ayudan a que una película de presupuesto microscópico—hablada, para más señas, en una lengua distinta del inglés— encuentre su lugar entre las grandes audiencias. Y Cuatro meses, tres semanas y dos días se merece el mayor público posible, no sólo porque represente (¡enhorabuena!) una alternativa frente a la timorata y ramplona actitud que, respecto del aborto, predomina en los filmes de ficción norteamericanos, sino porque ante todo significa la emergencia de un nuevo e importante talento. Nos referimos al director y escritor rumano Cristian Mungiu.

Sin ceremonias, sin una música de fondo que busque construir “una atmósfera”, la película comienza con la pálida y ágil Gabita (Laura Vasiliu). De un lado a otro de su atiborrada habitación —en un dormitorio universitario—, Gabita reordena esto y aquello, empaca un mantel en su maletín de viaje, mientras intercambia frases insulsas con Otilia (Anamaria Marinca, sensacional e impecable en su contención). Son palabras sueltas, antes que un discurso. Mungiu no nos explica lo que está sucediendo, y, por eso, nos toma algún tiempo encontrar el significado de las palabras y de las pausas entre las palabras. Conversaciones naturalistas, que se parecen a los mugrientos muebles del dormitorio, a esos pasadizos lóbregos y pobremente iluminados donde interactúan entre sí los estudiantes y donde Otilia encuentra a unos gatitos que maúllan tenuemente. Los diálogos parecen el resultado de la vida misma, no de una decisión estética.

Y, sin embargo, Cuatro meses, tres semanas y dos días es ante todo el triunfo de una visión estética: la cámara se halla constantemente en movimiento, y la composición de los larguísimos planos es rigurosa: así, la imagen puede ser explorada mas no dominada por el espectador. El filme comienza con cierta calma —pese al nerviosismo de Gabita—; sutilmente, el registro varía cuando Otilia sale a cumplir ciertos encargos. La cámara, a veces, ejerce de guía —a veces, por el contrario, es meramente arrastrada—: Otilia atraviesa los largos pasadizos del dormitorio universitario, visita sin previo aviso las habitaciones de otros estudiantes y le compra cigarrillos a un vendedor que también es residente del lugar. Intercambios naturales, pero urgentes. Hay una cierta premura, una cierta exigencia, tanto en el gesto preocupado de Otilia cuanto en el estilo mismo del director.

En efecto, Mungiu mantiene siempre a su personaje encerrado en el punto de vista de su cámara. La persistencia, la tenacidad de esta mirada, llega a crear una tensión enorme. Pronto es evidente que Otilia ha emprendido una aventura espeluznante, que la llevará de un hotel desolado a otro. (El cliente no tendrá nunca la razón). Esa aventura la hará recorrer un laberinto de calles oscurísimas y de comportamiento humano aun más oscuro. Como fuera, Otilia no abandonará a su amiga. Gabita, por su parte, llegará al borde del colapso y se enfrentará con su antiguo amante, Adi (Alex Potocean), e, incluso, llegado el momento, también con el grotesco abortero de sobrenombre cruel, el Señor Bebe (Vlad Ivanov, aterrador). Este abortero pondrá a prueba los límites de la amistad entre las dos mujeres… Durante toda la odisea de Otilia, la atención y la cámara de Mungiu estarán encima de ella, pero sin primeros planos ni grandes discursos ni una falsa moral que la enjuicie.

Lo que se muestra es un mundo objetivo, doloroso y real, de habitaciones corroídas por el uso, de vidas corroídas por la vida misma, de arreglos habituales en el mercado negro ya sea a propósito de cigarrillos o de cuerpos humanos. La verosimilitud llega a ser asombrosa y envolvente. La historia de los lugares está impresa en las personas, en el rostro decidido de Otilia y en el maleable continente de Gabita, quien, con la flexibilidad de un junco al viento, se sobrepone a todas las dificultades. El peso del entorno, asimismo, se siente en el desempeño general de una cámara que, como ocurre con la protagonista, no disminuye nunca su concentración ni baja la guardia y se las arregla para capturar algunos detalles como si se tratara de una feliz casualidad: por ejemplo, el perro que pasa cerca de Otilia, cuando ella intenta por primera vez conseguir una habitación en un hotel. Más tarde, cuando una jauría de perros le ladren y la rodeen en una calle desierta —una escena tensa hasta lo insostenible—, el espectador se dará cuenta de que no se halla frente a una obra de la casualidad, sino frente a una obra de arte.

En ciertos aspectos, la película de Mungiu puede compararse con otro reciente logro del cine rumano, La muerte del señor Lazarescu (2005), dirigida por Cristo Puiu (y, también, con la fotografía del talentoso Oleg Mutu). Exploración del cuerpo humano como punto de encuentro entre lo social y lo personal, La muerte del señor Lazarescu analizaba las formas innumerables, triviales y grandiosas, en que nuestros cuerpos son ubicados en el mundo, objetos al mismo tiempo que sujetos. Al término de su tortuosa e inepta hospitalización —la amenaza del título acabará siendo realidad—, el cuerpo del señor Lazarescu se habrá convertido en un mero significante, en un paisaje sin esperanza, en una mercancía más entre otros cuerpos acaso en mejor estado de conservación.

Cuando le han propuesto los entrevistadores posibles lecturas metafóricas de su filme —verbigracia, un examen crítico del régimen de Ceauşescu—, Mungiu se ha mostrado reacio. Tampoco se ha pronunciado abiertamente acerca del aborto. Yo he leído más de una vez que la película no trata del aborto, ni siquiera de “un” aborto en particular; su tema sería, en cambio, el totalitarismo. Enfoques de esta índole me hacen pensar en esa frase de Susan Sontag: “la interpretación es la venganza del intelecto contra el arte”. Es verdad, Cuatro meses, tres semanas y dos días trata de la voluntad humana y también de la lucha por la libertad bajo un régimen opresivo, pero tales lecturas pueden ser limitadas y limitantes. Lo principal es que Mungiu no se olvida nunca de las mujeres de carne y hueso que están en el centro de su historia; y uno de sus grandes aciertos es que nosotros, de este lado de la pantalla, tampoco podemos dejar de preocuparnos por ellas.

Extraído de
The New York Times

[1] Friend Indeed Who Doesn’t Judge or Flinch. Publicado el 25 de enero de 2008. (N.d.T.)
[2] Nicolae Ceauşescu, político comunista, nacido en 1918, presidente de Rumania a partir de 1967. Su régimen se sustentó en una ubicua policía secreta, de corte estalinista, la Securitate. El culto a la personalidad, la crueldad y el dispendio caracterizaron a su gobierno. El 25 de diciembre de 1989, fue ejecutado junto con su mujer, la odiada Elena. Ningún otro país del Bloque del Este se deshizo del comunismo por vía violenta, vale decir, como consecuencia de una revolución popular. (N.d.T.)
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