CUANDO LA PRESA SE TRANSFORMA EN CAZADOR [1]

Por A. O. Scott / Traducción Carlos Zevallos Bueno

Red Road, la primera, apasionante película de Andrea Arnold (ganadora de un Oscar por su cortometraje Wasp[2]), se desarrolla en un mundo que vigila, sin pausas, las actividades diarias de sus habitantes, vale decir: la historia ocurre en una ciudad normal, Glasgow, en los tiempos actuales. Aquella advertencia terrible de George Orwell, respecto de un Gran Hermano que todo lo observaba, ha pasado de ser una oscura fantasía a ser la realidad cotidiana tanto en sociedades democráticas como en regímenes autoritarios. A fin de cuentas, esas cámaras de seguridad en los postes de alumbrado público y en las paredes laterales de los edificios están para protegernos: hemos aprendido a verlas con tranquilidad y sin desconfianza.

Es pertinente, pues, que Arnold se interese no tanto en el aspecto político sino en el sicológico del fenómeno. La protagonista del filme, Jackie (Kate Dickie), trabaja en City Eye, una central policial que vigila la ciudad. Sentada frente a una pared de monitores de vídeo, ella usa su teclado y mueve una pequeña palanca para hacer barridos y acercamientos; así obteniene una suerte de vista fracturada de la vida urbana. Jackie es algo así como una aficionada a las películas —acaso más, una realizadora de cine en potencia—; ella selecciona las imágenes, las edita y les mejora la calidad. Desde el comienzo, la directora Arnold, su heroína y nosotros, los espectadores, estamos implicados en un curioso juego de espionaje, algo repulsivo: estamos violando la intimidad ajena.

Al principio, las tendencias voyerísticas de Jackie parecen tranquilas y benignas. La familiaridad que siente por los otros habitantes de Glasgow parece responder más a la camaradería que a un prurito chismoso. Ella le sonríe con simpatía a un hombre que pasea a su achacoso bulldog y también le sonríe, divertida, a un empleado de limpieza que trabaja y baila, al ritmo de sus audífonos, en una oficina. Pero Jackie es una solitaria, evidentemente sufre. Si no consideramos un raro encuentro con sus antiguos familiares políticos y algún intercambio sexual, sin interés, con un colega de trabajo, la gente sin nombre que ella observa en las pantallas representa su único contacto humano.

Además del diálogo, Arnold describe con gestos y sugerencias la situación de Jackie; es una descripción gradual, oblicua. Las circunstancias exactas de su sufrimiento —ella está guardando luto, ella ha perdido a su esposo y a su hijo— acaso importan menos que la descripción de su estado de ánimo. Alta y deprimida de hombros, con un rostro angulado que parece reacio a admitir su propia belleza, la actriz Katie Dickie jamás exagera, jamás subraya, la tristeza sonámbula de su personaje. Cuán profunda es dicha tristeza sólo se nos hace evidente cuando una de las cámaras de City Eye captura de noche el rostro de Clyde (Tony Curran). Aunque el porqué será misterioso durante un buen rato, el espectador no tendrá dudas, desde un principio, de que Clyde ha jugado un papel en la destrucción de la familia de Jackie.

Corpulento, de pelo rojizo, no del todo desprovisto de decencia y de encanto, Clyde es un ex-convicto que vive en un edificio altísimo, cuya dirección es el título mismo de la película[3]. Clyde oficia como una especie de hermano mayor sustituto del irascible Steve (Martin Compston) y de su novia April (Natalie Press). Jackie se vale de las herramientas de su trabajo para perseguir a Clyde. Ella se interna en esa obscura zona ética, al tiempo que la película se hunde en las ciénagas del melodrama.

Al cierre de los créditos finales, una nota indica que Arnold desarrolló su proyecto en el Instituto Sundance[4]. Efectivamente, conforme se desenvuelve la historia, algunos rasgos característicos de dicho instituto saltan a la vista, particularmente esa dialéctica convencional entre abyección y redención. Si bien la trama vacila en su última parte, la puesta en escena de Arnold, en cambio, no tambalea nunca. Su manera de filmar, el estilo de su edición, representan, si se quiere, “una mejora artística” de los movimientos borrosos y aleatorios de las cámaras de seguridad. Al igual que la protagonista de la película, la directora corrige sin descanso el encuadre, ajusta las imágenes y las abre, de esta suerte, a ocultos, latentes significados. A esa atmósfera de paranoia y de falta de centro contribuye la hábil yuxtaposición de sonidos y silencios: las cámaras de City Eye no tienen oídos.

Kate Dickie, la actriz principal, parece tener tanta seguridad como la directora. Muy apreciada en la industria televisiva, Dickie aparece aquí, por primera vez, en un filme de ficción. Presencia hipnótica, plena de fantasmas, Dickie consigue que su personaje transmita una intensidad aterradora, escondida a pocos centímetros de su apagado aspecto exterior. Jackie se acerca más y más a Clyde, se cuela en una de sus fiestas, merodea a las afueras de un pub; es difícil percatarse si tiene, en absoluto, algo planeado. ¿Venganza? ¿Reconciliación? ¿Está ella al tanto de lo que quiere hacer o de lo que está haciendo? El logro de Dickie y de Arnold es mantener las posibilidades abiertas, de modo que el espectador siente, de manera irremediable, que el personaje se aproxima a una elección imposible y peligrosa.

No está bien contemplar tan de cerca una agonía de este tipo. Uno siente escrúpulos, pero también cierto sentido de justicia poética: Jackie ha abusado de su empleo… Red Road provoca una mezcla retorcida de piedad y curiosidad. Es la carta de presentación de una cineasta arriesgada y talentosa, en pleno descubrimiento de sus posibilidades.

Extraído de The New York Times

[1] When the Haunted One Turns Into the Hunter se publicó por primera vez el 13 de abril de 2007. (N.d.T.)

[2] Wasp (2003), cortometraje de veintiséis minutos, ganador de más de una quincena de premios. (N.d.T.)

[3] Construido entre 1964 y 1969 para mejorar la calidad de vida de la clase obrera, Red Road es un conjunto habitacional de ocho edificios, seis de ellos, de treinta y un pisos, los dos restantes, de veinticinco. En su momento, Red Road estuvo a la cabeza de la urbanística europea; en los setenta, declinó y se convirtió en sinónimo de vandalismo y pandillaje. Actualmente, capitales privados administran la mayoría de esos predios. (N.d.T.)

[4] Robert Redford fundó el Sundace Institut, en el esta
do de Utah, en 1981. La institución apoya a directores, guionistas, productores, músicos, etcétera, que están empezando sus carreras cinematográficas: los acoge, los beca, los contacta con asesores y tutores. Muchas de esas realizaciones son estrenadas, posteriormente, en el Festival de Sundance, la actividad más importante del cine independiente norteamericano. (N.d.T.)

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