CRÓNICA DE DOS HOMBRES SOLOS

Por Jorge Ayala Salinas*

Para comparar la poesía japonesa de la poesía occidental y argumentar lo difícil que resulta para los orientales separar la estética de la ética, D.T. Suzuki, teósofo japonés, principal introductor y difusor del Budismo Zen en Occidente, comparó un haiku (poema oriental de 17 sílabas) de Basho, el gran poeta japonés del siglo XVII, con un poema de Alfred Tennyson, poeta inglés, una de las figuras más representativas de la época victoriana. El haiku de Basho dice lo siguiente:

Cuando miro atentamente,
¡cómo veo florecer la nazuna
junto al seto!

Y el poema de Tennyson dice lo siguiente:

Flor en el muro agrietado,
Te arranco de la grieta,
Te tomo, entera, con raíces, en mis manos,
Florecilla, pero si pudiera entender
Lo que eres, con todo y tus raíces y todo en todo,
Sabría que es Dios y qué es el hombre

Para establecer una relación entre una y otra manera de sentir la flor, Suzuki comenta que Basho ni siquiera toca la nazuna. Tennyson sin embargo la arranca. Basho la contempla, Tennyson se pregunta. Basho acepta, Tennyson añora.
Luego añade que “el método zen consiste en penetrar directamente en el objeto mismo y verlo, como si dijéramos algo desde dentro. Conocer la flor es convertirse en flor, ser la flor, florecer como la flor, y gozar de la luz del sol y de la lluvia.”

Como en la poesía de Basho, en el cine de los hermanos Jean Pierre y Luc Dardenne, es la contemplación la que permite que el objeto se manifieste, al mostrarnos el mundo de la vida. Sin embargo, no es sencillo identificarse inicialmente con esta película ya que no posee las maniobras de un “cine comprometido”, un “cine social” y de conciencia, que se dirige en una sola dirección, que es objetivista y que está determinado por inútiles psicologismos. Ese cine fatuo que nos muestra que somos simples estructuras psíquicas, y el problema central se reduce a una estructura cerebral.

En el cine de los Dardenne hay una ética moral y humana, incluso pedagógica, que suspende la individualidad y el conocimiento y se ocupa de la relación, del vínculo, del momento en que el sujeto-es-en-el-otro. La moral es aquí un fenómeno cultural, un conjunto de soluciones a los conflictos de la vida personal y de la convivencia. Y la ética se convierte en el máximo nivel de inteligencia creadora.
Es en este sentido un cine inverso, ajeno a generar esencias y verdades, que sólo necesita de una sola acción: ir a las cosas mismas, retornar al mundo de la vida. Y para esto no hay una forma, es un cine de las formas y en las formas. No existen interioridades: todo está en la superficie. Es un cine de gestos: la cámara y la persona no son nunca una contradicción. Esta se detiene en la nuca de Oliver como esperando que en algún momento estalle su zona neurálgica. Oliver al llegar a casa se detiene y ejecuta abdominables para dinamizar las emociones de un cuerpo sutil, pocas veces excesivo, frío y de intervenciones mínimas. Porque la emoción es siempre una dinámica corporal.

Francis surge para Oliver no como el asesino de su hijo: cuando su mujer pregunta por qué lo aceptó como su alumno él responde “No lo sé”. (Retomo esta afirmación porque talvez es así como debemos asumir la convivencia desde todos lados: como alumnos, como docentes, como terapeutas y como ciudadanos. Asumiendo que no conocemos nada de la otra persona y que lo haremos recién cuando surja como otro legítimo en convivencia con uno.)

Oliver nos enseña que la libertad es un absurdo y que vivimos socialmente, en un grupo, y que esto limita nuestros movimientos, mentales y físicos. La persona es verdaderamente libre cuando no es persona, es libre cuando se niega como hace Oliver para reconocer a Francis y reconocerse nuevamente frente a un espejo. La persona es libre cuando es ella misma y también cuando no es ella misma. Solo podemos ser libres en sociedad, manteniendo relaciones que limitan nuestra libertad. Ponerse en el lugar del otro es un dispositivo imposible. Pero reconocer al otro es siempre posible. Oliver es alguien que trata de comprender lo sucedido. Roba las llaves de Francis, ingresa a su habitación y se acuesta en su cama.

Oliver elige antes que su felicidad, vivir el mundo de la vida. Elegir la felicidad hubiese implicado la venganza pero el elige lo que le permite vivir, y los Dardenne lo desarrollan simbolizando la fábula cristiana. Oliver es un carpintero que como José ha perdido a su hijo y se reencuentra con la humanidad. Francis, sin querer, se entrega a la redención y carga su cruz, detrás de Oliver, a punto de ser conducidos ambos por la pasión y alcanzar el perdón, envolviendo los maderos en un gesto que nos recuerda al Cristo embalsado, muerto por amor y a punto de resucitar nuevamente en el amor. El duelo ha sido resuelto, sin exigencias, en un mundo donde cada uno estabiliza nuestras relaciones humanas diciendo que las personas son de una determinada manera, negándonos la posibilidad de cambio.

Jean Pierre y Luc Dardenne alteran la mirada, recorren trayectorias, producen tensiones y se detienen a observar, en aquello que ellos mismos han denominado como “movimientos morales”, la más noble y compleja de las constituciones: el ser humano que surge en la cultura y surge en nuestras relaciones.
Y como si con esto no fuera suficiente, se detienen en aquello que regula nuestra convivencia: el amor, reconstruyendo únicamente con dos actores, con dos hombres solos, una sociedad total.

Todo reside en las ganas que tengamos de estar juntos y abrir esos espacios de reflexión. Los seres humanos haremos de lo humano lo que de hecho hagamos sólo al vivir, porque la inteligencia se caracteriza por la acción y todos los caminos nos conducen a la ética. Pretendemos encontrar en el pasado lo que en realidad queremos conseguir para el futuro, cuando es el presente el que dignifica el pasado. Nuestra biología, en esta época de cáncer y de enfermedades, dependerá del mundo en que vivamos.

Lamentablemente el arte y la filosofía no pueden salvar el mundo, pero pueden recordarnos que es posible salvarlo.

* Texto leído en la presentación de “El Hijo”, film de Jean Pierre y Luc Dardenne, en el marco del Cine-Forum “La Convivencia Humana y El Amor”, organizado por la cátedra de Filosofía y Formación General de la Universidad César Vallejo – Lima Norte.

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