CINCO VECES DOS: Del divorcio al altar, crónica de un matrimonio infeliz

Esos dos a quienes alude el título de la película se llaman Marion (Valeria Bruni-Tedeschi) y Gilles (Stéphane Freiss), son franceses, y su matrimonio infeliz lo conoceremos gracias a cinco episodios distintos, el primero de los cuales narrará su divorcio, mientras que el último, su primer encuentro, en un centro vacacional, a orillas del mar italiano.
Es evidente que Ozon —entre cuyas últimas realizaciones se cuentan La piscina, Ocho mujeres y Bajo la arena— siente debilidad por combinar el melodrama serio con los guiños autoconscientes. Luego de películas como Irreversible o Memento, ciertamente, contar una historia de adelante hacia atrás no representa mayor novedad. Con todo, esa forma narrativa —esa cronología en reversa— consigue aquí un peculiar efecto dramático.
Si hubiese sido contada linealmente, la historia de Gilles y Marion habría recorrido la manida curva del enamoramiento, la alegría, el aburrimiento, la tristeza y la recriminación; tal y como está narrada, en cambio, nosotros no sentimos simpatía (ni siquiera un vivo interés) por los personajes, pero el conjunto de sus momentos anodinos y cotidianos logra trasmitir una ligera aura de misterio. La razón es la siguiente: Ozon nos ha engatusado con la promesa de que todas las piezas, al final —o, mejor dicho, al principio—, encajarán. Pero, claro está, el amor no es un rompecabezas fácil de resolver.
El verdadero truco de 5×2 radica en la mano segura de Ozon a la hora de observar emociones y comentarlas brevemente. Sabemos muy poco acerca de los personajes, y, al parecer, el cineasta les ha pedido a sus actores que no sean obvios ni demasiado reveladores. A solas, rodeados de otras personas, Gilles y Marion se dispensan el trato relajado de un matrimonio promedio: es la reservada, la cautelosa comunicación de quienes no se tienen demasiada confianza. (En verdad, más tarde tendremos claro que no les convenía confiar en exceso el uno en el otro). Pérdida gradual del entusiasmo: sus miradas furtivas y sus dudas están erosionando la vida que comparten. Al menos, eso creemos entender. Podríamos equivocarnos. Porque acaso Gilles y Marion no se conozcan lo suficiente, pero nosotros, valgan verdades, casi no los conocemos.
Durante noventa minutos, asistimos a un puñado de escenas discontinuas: primero, una sombría ceremonia en la oficina del juez, seguida de un desagradable encuentro en un cuarto de hotel; luego —¿meses antes?, ¿unos cuantos años antes?—, los vemos, en una cena informal, junto al hermano homosexual de Gilles, incómodos, en medio de una discusión sobre la fidelidad; luego, Marion está a punto de dar a luz, y su marido es incapaz de asistir al nacimiento —tal vez porque no soporta la cercanía de sus familia política—; luego, está la noche de bodas, con la participación increíble de un norteamericano que, en medio de la oscuridad, emerge de un bosque; y, finalmente, el primer encuentro, en Italia: Gilles y Marion se conocen vagamente del trabajo, se saludan, él ha viajado a Italia junto a Valérie (Géraldine Pailhas), su novia desde hace mucho tiempo, su novia por no mucho tiempo más…
¿Cómo pasan de una situación a la otra? ¿Y por qué? Nunca nos enteramos, y tal vez sea lo único que los salva de ser escandalosamente convencionales. Ozon registra el comportamiento de sus personajes con una distancia que, de vez en cuando, se inclina a la compasión, más por Marion que por su marido. Conforme se desarrolla la película, el afilado rostro de Stéphane Freiss —un rostro que tiene algo de zorro—, curiosamente, se torna más limpio, mejor afeitado, aun cuando el egoísmo esencial de Gilles no cambia, permanece constante y deja entrever, incluso, un toque de frialdad sádica. Los rasgos de Bruno-Tedeschi, por su parte, son más expresivos, y, al final de la proyección, está claro que la fatiga de Marion correspondía, en las primeras escenas, a una profunda decepción; como fuera, la pasividad del personaje también frustra que establezcamos una verdadera empatía con ella.
Cuando termina 5×2, en general, la sensación es extraña, como si no hubiésemos testimoniado esa historia, como si no la hubiésemos compartido. Acaso tendríamos que comentar: “¿Gilles y Marion? Sí, los recuerdo. ¿En serio? ¿Se separaron? Pero qué pena. Oye, ¿me acompañas a ver una película?” Como si hubiésemos escuchado, a lo lejos, las novedades de un par de personas a las que apenas conocíamos.
