BROKEN ENGLISH: apunte crítico

Por Kim Voynar / Traducción de Carlos Zevallos Bueno

Algo en el tema de una mujer que, soltera, ya dobló la curva de los treinta ejerce una fascinación irresistible sobre los realizadores independientes. En Broken English —su debut como directora—, es cierto que la también guionista Zoe Cassavetes no se ha aventurado en terreno desconocido, pero su punto de vista resulta tan encantador que, ciertamente, aquí la palabra “originalidad” no importa demasiado.

En plena treintena, Nora (Parker Posey) se percata de que nada le ha salido según sus planes y sueños. Ella sigue estudios especializados en Bellas Artes —con la idea de trabajar, algún día, en ese refinado mundo—; sin embargo, ella trabaja en una fea, deprimente y reducida oficina, en la boutique de un hotel, como encargada de relaciones con los clientes, y, a menudo, sus funciones la obligan a besar el trasero de los clientes más importantes —y, a veces, no solo el trasero—, todo para mantenerlos a gusto. En el pasado, Nora creyó que se casaría con un hombre fantástico y fundaría una familia. La realidad es muy distinta: Nora sale con amistades que, ellas sí, están casadas y, además, soporta el acoso de Glen, un compañero de trabajo bastante molesto, quien le ha entregado su corazón.

Audrey (Drea de Matteo), la mejor amiga de Nora, está casada con Mark, otro amigo de la protagonista. Nora los presentó. Por supuesto, la madre de la protagonista (Gena Rowlands, en la vida real, madre de Zoe Cassavetes) no deja de reprochárselo. “¡La esposa de Mark deberías ser tú!”, le dice a su hija. El matrimonio de sus amigos sería perfecto, de no ser por un pequeño detalle: Audrey se siente por completo miserable. Una noche, le confiesa a Nora que no puede recordar la última vez que concilió el sueño sin necesidad de una pastilla o de un trago. Entonces, Nora le responde con una sonrisa, porque ella tampoco recuerda la última vez que se durmió sin ayuda… Lo anterior podría parecer excesivo —demasiado lindo, demasiado egocéntrico—, si una verdad punzante y general no resonara en el trasfondo. (Al menos en la concurrida proyección a la prensa a la que yo asistí, ese diálogo provocó una sonrisa soterrada, del tipo “sí, entiendo de qué se trata”). Al igual que muchos de nosotros, Nora vive inmersa en su rutina, y su trabajo no le gusta, porque, bueno, así son las cosas, ¿no? Aunque a veces se ponga ropas elegantes y salga de casa, ella siempre está encerrada en sí, ella siempre arrastra sus inhibiciones, ella jamás experimenta entusiasmo.

Cierto fin de semana, Audrey y Mark deciden escaparse de la ciudad, y, entonces, Glen, su enojoso compañero de trabajo, la invita a una fiesta en su casa, y la invita, y vuelve a invitar, y no deja de invitarla (la acosa, como suelen hacerlo quienes no reciben una señal definitiva de la falta de interés del otro). De súbito, Nora se decide, concurre a la fiesta; tan solo piensa quedarse el tiempo suficiente para ser cortés; y, sin embargo, cuando está yéndose, conoce al apuesto y galante Julian, un amigo de Glen (el actor francés Melvil Poupard), quien la obliga a quedarse a tomar un trago. Nora acepta; ambos pasan un par de días mágicos. Cuando tiene que volver a su Francia natal, Julian le pide a Nora que lo acompañe. Ella duda, no puede o no quiere. Surge el dilema: ¿decidirá quedarse en Nueva York y optará por aferrarse a su rutina, a la espera de que el amor aparezca? ¿O, por el contrario, realizará la apuesta más arriesgada de su vida?

En manos de una actriz menos talentosa, la película habría resultado bastante convencional. Felizmente, la interpretación de Parker Posey posee una espontaneidad tal que su personaje funciona como una suerte de espejo para todo espectador que haya buscado el amor y no lo haya encontrado, o que lo haya encontrado, tan solo para dejarlo partir. No es la primera vez que Parker Posey interpreta ese tipo de personaje; yo por lo menos no me aburro jamás de verla como “mujer insatisfecha”… Puesto que la directora Zoe Cassavetes tiene treinta y seis años, y la actriz Parker Posey, treinta y ocho, es inevitable pensar que ambas están recurriendo a sus propias experiencias para construir a Nora; acaso sea esta una de las razones de que tantas escenas transmiten honestidad. Al filme lo afea, ciertamente, un momento débil y predecible hacia el final —en la proyección a la que asistí, creo haber escuchado el murmullo desaprobador de los críticos—; un momento de veras desafortunado, si consideramos el resto de la historia, que, con todo, no alcanza a socavar el agrado general que produce Broken English.


Extraido de Cinematical
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