ANTES DEL ATARDECER, apunte crítico

Me había olvidado por completo del 16 de junio de 1994. Aún no tengo la menor idea de lo que estaba haciendo en ese día, pero, tras haber visto el último trabajo de Richard Linklater —la encantadora, aguda Antes del atardecer—, me ha dado mucho gusto recordar que Jesse, un viajero norteamericano, joven, de gran habilidad verbal, y Celine, una estudiante francesa, de pareja facilidad de palabra, se pasaron aquella noche, sin rumbo fijo, por las calles de Viena, conversando sin pausa, en uno de los romances cinematográficos más encantadores (y más exasperantes) de la década.
Al final de su cita, ambos se prometieron un reencuentro seis meses más tarde, razón por la cual muchas de las parejas que vieron Antes del Amanecer —el relato de esa noche única, que Linklater estrenó en 1995—, muchas parejas abandonaron la sala con la gran duda de si los personajes se habrían vuelto, alguna vez, a juntar.
Nueve años más tarde —para los personajes, el verano de 2003; para nosotros, el presente inmediato—, esas dudas se resuelven, y muchas otras, nuevas, se abren. En una librería de París, Antes del atardecer reúne a Jesse y Celine, a quienes aún interpretan Ethan Hawke y Julie Delpy. Él ha escrito una novela acerca de aquella aventura romántica en Viena —“un módico best seller”, lo llama, con modesta ironía—, y París es la última parada de su gira publicitaria por Europa. Celine, que ha leído el libro, llega a Shakespeare & Company, al final de la presentación de Jesse. Se saludan; la hora y pico siguiente, la pasan juntos, se cuentan qué ha sido de sus vidas, recuerdan su anterior encuentro y, también, con cautela, tratan de revivirlo. La piel del rostro de Ethan Hawke ha perdido tersura, algo de su belleza angulosa; el buen ánimo de Julie Delpy, asimismo, arrasta fatiga; pero Jesse y Celine siguen siendo encantadores y, sobre todo, tan apasionantes como siempre, exasperantes para todos, menos, claro, para ellos mismos.
“El tiempo es una mentira”, le dice Jesse a uno de sus lectores, en la librería, “todo está suscediendo siempre, todo el tiempo”. La película, que se desarrolla con engañosa languidez, en tiempo real, abona ese punto de vista y, al mismo tiempo, parece refutarlo. Jesse y Celine se saltan una década de nostalgia ansiosa y de conflictos espirituales, y retoman su conversación exactamente donde la dejaron. Apenas hay uno que otro salto al pasado, una que otra imagen de su primer encuentro.
Sin embargo, es evidente que muchísimo ha cambiado. De manera subliminal, muchos elementos nos recuerdan que el tiempo pasa en una sola dirección y que, llegado cierto punto, se acaba: las aguas corren por el Sena, las sombras se alargan en la dorada luz parisina, el flujo del celuloide es imparable. En Viena, los veinteañeros Jesse y Celine tenían todo el tiempo del mundo, las horas de la noche se detenían y se acomodaban a sus deseos infinitos. Ahora, ambos son treintones y corren contra el reloj.
Jesse tiene que ir al aeropuesto, pues el avión que lo llevará a Nueva York, de regreso a casa, habrá salido a las 7:30 p.m. Los ochenta minutos que dura Antes del amanecer, pues, son una aproximación inexorable a ese plazo final. El tiempo ejerce una presión aún más grave y delicada sobre la totalidad del filme: los personajes van de la librería a un café, atraviesan callejuelas típicas, se trepan a un bote turístico, y el espectador percibe que, en todos aquellos años sin verse, ambos han vivido muchas de las frustraciones y satisfacciones propias de la adultez. Nada demasiado llamativo: el éxito profesional, la paternidad, un matrimonio infeliz, varias relaciones frustrantes; pero ese es, precisamente, el punto. Todas las características de Jesse y Celine apuntan a una ciudadanía normal, perfectamente normal, en un Occidente rico y prestigioso. Cuando se conocieron, había resultado evidente. Y lo vuelve a ser ahora. Sus experiencias personales han desembocado en un limbo más o menos similar, entre lo resignado y lo satisfecho.
Ciertas preguntas, que han carcomido a los personajes durante casi una década, le confieren a esta película modesta, llena de meandros, algo así como una corriente subterránea de suspenso. ¿Era, es posible algo más? Y si esa posibilidad existe, ¿se desvaneció para siempre aquella mañana en Viena? ¿Eran el uno para el otro? Y, si lo eran, ¿que significa que, hasta la fecha, no estén juntos?
Conviene no echarle una nueva ojeada a Antes del amanecer, es mejor hacerlo una vez que se haya visto la secuela, porque los recuerdos de Jesse y Celine no concuerdan del todo, y, si tuviésemos mejor memoria que ellos mismos, les estaríamos jugando sucio. En cierto momento, Celine dice no recordar si hicieron el amor en Viena: eso perturba al espectador y, sobre todo, a Jesse; pero se ajusta a la preferencia de Linklater por formas alternativas de contacto humano.
Es difícil pensar en otro director angloparlante que tenga un oído tan voraz para el habla de las personas. Por lo general, sus filmes —de Slacker a Despertando a la vida— se estructuran alrededor de ritmos de conversación, ritmos sincopados, de final abierto. El guión de Antes del atardecer, que el cineasta escribió junto con Etah Hawke y July Delpy, es tan digresivo como autoconsciente. Aunque lo afea por momentos el tonito ampuloso de una literatura “que quiere ser inteligente” —por momentos, puede ser en verdad desesperante—, el prodigioso flujo verbal de la película cautiva, precisamente, porque no se aviene a ninguno de los imperativos habituales de la escritura fílmica.
Si estos tipos no consiguen centrar su conversación, el espectador se puede preguntar, mirando su reloj de pulsera: “demonios, ¿acaso estos tipos no saben decirse lo que piensan?” Bueno, la pregunta es si el espectador sabe hacerlo. Después de todo, en materia de lenguaje, no se trata solo de puntos de vista ni intenciones semánticas; el lenguaje es un medio de comunicación, sí, pero también de evasión, de autoprotección, de pura y simple confusión, de dirección equívoca. Una verdad profunda, rara vez expresada en la pantalla o en los libros, uno de los temas de Antes del atardecer: a menudo, la gente habla porque no tiene nada que decir.
A veces, uno desearía que ellos, por favor, se callasen. De vez en cuando, yo me descubría a mí mismo, abatido, pues la rapidez mental de Jesse se pasaba de la raya y se volvía presuntuosa. (¿A quién pretende engañar este tipo?) Algo análogo me sucedía cuando Celine le ronroneaba y le hacía muecas a su gato. Pero, a fin de cuentas, estos dos nunca han querido agradar a todo el mundo, y, por eso, en parte, son perfectos el uno para el otro. Durante dos películas enteras, han flirteado e intercambiado opiniones, sin acordarse de los demás; esa indiferencia de cara al espectador los torna fascinantes.
Acaso escucharlos, espiarlos, en su apasionada y compleja intimidad nos parezca tan interesante porque a ellos nosotros no les interesamos en absoluto; por el mismo motivo, no nos rompe demasiado el corazón despedirnos de ellos. Hace nueve años, no quisimos que se separasen y, ciertamente, tampoco lo queremos ahora; pero al menos yo me he sentido feliz de dejarlos juntos. Ya los veremos otra vez. Hasta entonces, sin duda, habrá mucho de qué hablar.
Extraido de The New York Times
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