RETRIBUTION, UN FILM DE KIYOSHI KUROSAWA

Arthur Rimbaud
Kurosawa no cesa de hacer pliegues. Su cine, rasgado y rizomático, no remite a una esencia ni a una lectura sustancial. Se curva y se recurva. Como el Barroco, remite a una función operatoria y se prolonga hasta el infinito. Se nos escapa constantemente de las manos y encuentra su materialidad en la física: si algo caracteriza la acción policial es su afinidad con el vacío. La figura del detective permanece siempre agujereada y se constituye en aquello que Lacan denominó “el callejón sin salida”: el sujeto se establece en la rivalidad y la identificación con la imagen de El Otro: El Fantasma.
Más que un ente o un fenómeno paranormal, el fantasma es en Retribution una producción psíquica, imaginaria, un desvío, casi una evolución teórica que sería la delicia de cualquier lacaniano obsesionado en descubrir símbolos. En Retribution, Kurosawa teje “una intriga que se anuda y se desanuda, se trata de un cuadro viviente, de una suspensión de la imagen donde la acción se limita a algunos gestos de naturaleza perversa” (Lacan dixit). Kurosawa reconoce en la imagen, sobretodo, que el fantasma es una escena: el diseño en Retribution pone énfasis en la ensoñación diurna y sus lugares (la ciudad es aplastada y demolida por la luz), su tiempo (el pasado es siempre lo que viene después), su luz (nunca tan densa: Kurosawa graba el suspenso usando toda la crudeza de su crudeza), el color y el sonido, con un carácter muy siniestro: lo familiar se torna extraño y se manifiesta todo lo que debió haber quedado oculto y secreto.
El orden de las cosas está en su cambio de registro, de lo inconsciente a lo consciente y viceversa; entre lo real (la muerte) y lo imaginario (una imagen del cuerpo). Se quiebra el principio de realidad y se pierde, el tejido de la experiencia se descompone y todo lo que la sostiene y la configura desaparece.
Con el fantasma, Kurosawa elude en Retribution la cuestión de lo simbólico para convertirse una vez más en laberinto múltiple y trazar, como el origami, a su modo, un genuino arte del pliegue.
