MUSIC HOLE, DE CAMILLE
Llegué a Camille por una provocación propia de extraños. La postal de mi encuentro es casi una historia de la indiscreción y al mismo tiempo un exceso de discreción. Durante las primeras visitas a casa de mi novia, dos voces –original y réplica- provocaban un freno irrenunciable poco antes de lanzar mi dedo índice sobre la campanilla del timbre, gesto que terminaría alterando mi destino y el curso normal de la chanson. Al otro lado de la puerta, su hermana menor, coreando con una excitación propia de ex alumna de Alianza Francesa, sometía su cuerpo, su casi tímida adolescencia, su contemporaneidad con la mía, el aire secreto de la experiencia impura y corrupta, al encanto de la juventud de esta francesa que alborotó la institución universitaria en un rictus inédito: la Facultad de Ciencias Políticas se animó a recibir Le sac des filles, el primer disco de Camille, como su tesis de licenciatura cuando ella tenía 24 años y necesitaba graduarse.
¿Cuánto tiempo tuvo que pasar para que yo me animara a tomar como propia esa juventud? (Porque la juventud es lo perdido, solamente hay noción de la juventud en el momento en que se la perdió). ¿Durante cuánto tiempo tendría que postergar mis visitas viéndome –como en una pantalla- oir desde el otro lado el encanto de una juventud que tomé como mía y al perder ya empezaba a envidiar? ¿Como podría tomar como propia esa impostura? ¿Como podría yo, tan ajeno a las formas comunes del entusiasmo, vivir ese grito apócrifo, hallar un nombre a lo que oía intentando no llamar la atención, ajeno –como la hermana de mi novia- a toda clase de bondades y a todo altruismo que se construya a los cuatro vientos?El tiempo suficiente para que mi novia y el recuerdo trascendental de sus amistades atravesaran con un rayón la superficie del disco en sus extremos, dejando inútil toda intención de abandono. Adivinar el destino –y el colmo de la justificación- que perseguiría la búsqueda del disco tiene una lógica.
¿Cuánto tiempo tuvo que pasar para que yo me animara a tomar como propia esa juventud? (Porque la juventud es lo perdido, solamente hay noción de la juventud en el momento en que se la perdió). ¿Durante cuánto tiempo tendría que postergar mis visitas viéndome –como en una pantalla- oir desde el otro lado el encanto de una juventud que tomé como mía y al perder ya empezaba a envidiar? ¿Como podría tomar como propia esa impostura? ¿Como podría yo, tan ajeno a las formas comunes del entusiasmo, vivir ese grito apócrifo, hallar un nombre a lo que oía intentando no llamar la atención, ajeno –como la hermana de mi novia- a toda clase de bondades y a todo altruismo que se construya a los cuatro vientos?El tiempo suficiente para que mi novia y el recuerdo trascendental de sus amistades atravesaran con un rayón la superficie del disco en sus extremos, dejando inútil toda intención de abandono. Adivinar el destino –y el colmo de la justificación- que perseguiría la búsqueda del disco tiene una lógica.
Sola –como en la juventud de la hermana de mi novia-, utilizando un sintetizador o un teclado, o utilizando incluso su propio cuerpo como órgano percutor, compitiendo con los sonidos guturales extraídos de una pulsación –y una boca- extrañamente lírica. Descolgando en cada uno de sus shows una parte experimental y una parte del music hall -un lado provocadoramente francés-, Camille Dalmais dejó de ser una incógnita. Pasó de ser una de las voces de Marc Collin y Oliver Libaux (con el clásico Guns of Brixton de The Clash en Nouvelle Vague), a ser la más extraña contrabandista que haya poblado la escena francesa. Puede apropiarse del escenario y postergar el canto para tatuar en su rostro un hilo (le fil = el hilo) o someterse –con la beligerancia propia del sadismo orquestal- a las palmadas del pianista sobre su espalda, al arrebato infantil sobre las teclas -que heredó de Ray Charles- o al caústico recitar y juego con las palabras.
En Music Hole –podemos descubrir la ironía del título-, el último y tercero de sus discos, Camille arriesga por un sonido que se estructura de repeticiones y loops continuos. Un disco de arquitectura minimalista (el tema número 5 es un homenaje a las hermas “Cocorosie” Cassady) que va alejándose de sus anteriores trabajos con una intención mucho más delirante, provocadora y compleja, que ha terminado por convencer a algunas de sus fanáticas que llegó el momento de abandonarla y distraerse en otros sonidos. Quizás sea porque Camile pretende pasar desapercibida. Y al parecer lo ha logrado.A otros, sin embargo, no nos provoca otra cosa que seguir disfrutándola.
Camile es el soplo vital que necesitaba la canción francesa.
Jorge Ayala Salinas / 10 de marzo del 2009

