LA DESCONOCIDA, UN FILM DE GIUSEPPE TORNATORE
Irena (Kseniya Rappoport), la desconocida, es como esas mujeres que conocí en Europa, en varias esquinas del centro de Madrid, o en alguna otra ciudad por la que pasé preguntándome de dónde salían tantas mujeres de rostros tristes que dedicaban su vida a darle placer a los hombres. En Madrid, llegué incluso a reconocerlas en las esquinas de la famosa calle Montera, que desde siempre, ha sido la calle donde se ejerce la prostitución. A través de los años, las caras han ido cambiando; antes, eran solo españolas, ahora, son en su mayoría inmigrantes, de todos los países pobres del mundo: africanas, latinoamericanas y europeas del este. Son estas últimas las que llaman más la atención, porque se parecen al resto de europeas. Solo se parecen. Sus miradas no son las mismas. En eso se les reconoce. Han nacido bajo la marca del infortunio.
Al igual que Irena, una mujer ucraniana con un pasado que no la deja vivir, estas mujeres a veces aparecían con marcas en el rostro, con maquillaje que les tapaba las cicatrices de los golpes, de las heridas de ser solo un objeto en el mundo de los hombres. Hay otras heridas más profundas, esas por las que algunos nacen para morir, para vivir muriendo. Solo el amor salva de esta tragedia. Pero en los casos de mujeres sin oportunidades como Irena, el amor tampoco está permitido.
La Desconocida (2006), última película de Giuseppe Tornatore, que llega demasiado tarde a nuestra cartelera, cuenta la historia de esta mujer que nace para morir en vida, que nace para traer vida a este mundo pero no poder disfrutarla, que nace para amar y morir también en el intento. Y esto es lo que conmueve, que sea capaz de seguir, de luchar contra el miedo, de enfrentarse a tantos monstruos y mantener la dignidad. Tornatore nos envuelve en su misterio, en un thriller que no es thriller, porque no sigue a cabalidad las reglas del género, pero esto no importa, nos conmovemos por su humanidad, y seguimos a Irena, en su búsqueda de la verdad detrás de la existencia de una niña. Así como alguna vez me sucedió con esas mujeres en las esquinas de la calle Montera, las que siempre estaban a la misma hora, esperando al próximo cliente, con heridas y no, pero casi siempre con rostros y miradas que nos hacían saber que su felicidad estaba en algún lugar lejano de aquella calle terrible, tal vez en alguna remota infancia en países fríos y de idiomas difíciles, que su búsqueda de oportunidades en la Europa oficial había terminado siendo una pesadilla.
Y esta es la estructura de la película de Tornatore, aquella de una pesadilla de la que solo se puede uno salvar a través de la violencia, la muerte y el encierro, para tal vez volver a empezar. Para poder levantarse, así como Irena le enseña a la niña a la que cuida, que tiene un problema con el equilibrio y siempre se cae. Hay que caerse mil veces para poder aprender a levantarse, parece querer decirnos Tornatore, hay que ser golpeado y humillado para poder aprender a defenderse. Esa niña e Irena son la misma persona de alguna manera, y en esta relación radica el principal interés del film.
No solo nos enfrentamos a un drama lleno de fuerza, también nos identificamos con estas mujeres, las que viven y mueren, las que recién están aprendiendo a caer y levantarse. Incluso también podemos ver a la gran Ángela Molina después de muchos años. Y disfrutar de la música de Morricone una vez más. Tornatore ha vuelto, como en sus mejores películas.
