EL LUCHADOR, UN FILM DE DARREN ARONOFSKY

Randy Robinson es un personaje oscuro que sigue como sombra el rastro de una obra y de un personaje mucho más luminoso: él mismo. Robinson es la nota al pie de ese gran texto que es su propia vida, su pasado, la vocación de llegar siempre después definiendo una singular ética de la subordinación. El guión de Robert Siegel descubre una revelación, una auténtica figura contemporánea – que en su momento inventó Borges o quizás Walser: ¿Es Randy Robinson uno de esos ejemplares alumnos del Instituto Benjamenta, los que jamás llegarán a nada y aspiran a ser gente muy modesta y subordinada, aprendidendo muy poco, fundando una genuina estética del talento?- : el subalterno, un personaje de segunda mano que no es un perdedor, es un parásito de sí mismo. El gran trabajo de Aronofsky consiste en entender que para crear un personaje y urdir una trama hay que producir un contexto y preguntarse además sobre la época y el ambiente en que hay que desarrollar la historia. Las primeras lecturas de Mickey Rourke y “El luchador” han sido equivalentes a lo que hace el mal psicoanálisis cuando arremete contra la vida del sujeto o cuando analiza los escritos como personas, elaborando “analogías con la vida real”. “El luchador” es mucho más que Mickey Rourke. Mucho más.

Jorge Ayala Salinas
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