Directora: Suzana Amaral
Guión: Suzana Amaral
Fotografía: Jose Roberto Eliezer
Edición: Ide Lacreta Música: Luiz Henrique Xavier
Producción: Ary Pini, Lia Pini
Duración: 107 minutos
Intérpretes: Julio Andrade, Mariana Ximenes, Joao Miguel, Gero Camilo, Helena Ignez, Luiz Guilherme, Andre Frateschi, Lorena Lobato, Marcia martins, Renato Dobal, Walter Breda, Esther Benevides, Tina Rinaldi, Jiddu Pinheiro.
Conocemos muy bien a los personajes del gran escritor portugués Joao Gilberto Noll: son seres errantes, sin nombre, que derivan intentando producir un (sin) sentido a su identidad y deciden el viaje como la transferencia de todos esos deseos, pulsiones y delitos (buscar el Yo es verdaderamente un delito). Los accidentes, la muerte y la enfermedad actúan como pequeños laboratorios que transforman las cosas, los cuerpos y las materias.
A sus 78 años de edad, Suzana Amaral adapta la novela del portugués confirmando que es verdaderamente una cineasta arriesgada, sin miedo al error o a la equivocación. Mantiene una vocación genuina por la experimentación, fuera de la lógica del producto acabado. Amaral es fiel a la estética inconfundible del portugués: una extraña precisión poética, universos mínimos que tienden a la desintegración y son pasajeros. Amaral ya había demostrado mucho antes este extraño modo de fidelidad adaptando una novela de Clarice Lispector (una suerte de madre espiritual del escritor portugués).
En Hotel Atlántico tenemos un espacio hueco en el que “el artista”, como es bautizado nuestro personaje sin nombre, inicia su propia destrucción física y moral, del yo y de su propio cuerpo -su propia identidad-, provocando una especie de nihilización, la reducción a una nada donde todo es posible, donde el yo puede decir –dándole la razón a Rimbaud- que es otro. Cada lugar, cada llegada, se configura como un rito de paso (la práctica de una transformación o cambio) para nuestro artista, buscando en lo cotidiano el deseo latente de las personas, provocándolo, descubriéndolo, despertándolo e incluso sustituyéndolo por los deseos que él mismo impone. El uso del tiempo y el espacio escapan a las reglas convencionales. El artista sobrevuela en una especie de deriva psicogeográfica, imponiendo el andar como una práctica estética y sus propios ejercicios de libertad subjetiva.
Amaral nos confirma con Hotel Atlántico lo mismo que nos venía confirmando hace tiempo la buena literatura: no se trata sólo de contar historias.
Jorge Ayala








