Festival de Cine de Cannes 2009

II. Una tarde con Mónica

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No me quise perder la versión restaurada de La Aventura, el film de Michelangelo Antonioni que estaba programado en la sección Cannes Classics, (que ya de por si era un festival aparte de lo nutrida que era la selección). Como todos sabemos, fue en este mismo festival, allá por el año de 1960, que todo el mundo centró su atención en este audaz film, concediéndole el más importante espaldarazo internacional a la carrera del maestro italiano. Fue también la primera colaboración profesional del director con la en ese entonces joven Mónica Vitti, una relación que se prolongó hasta los años ochenta y que llegaría a su pico con El Eclipse, capítulo final de su famosa trilogía sobre la desazón existencial. Así que luego de los abrazos de Almodóvar y de un café buenísimo degustado en el interior del pabellón turco (donde casi conozco en persona a Nuri Bilge Ceylan, pero tuve que conformarme con una de la protagonista de Three Monkeys, porque el otro no llegaba y se hacía tarde), me fui volando a la salle Buñuel que ya estaba a oscuras y con un silencio de ultratumba, todos hechizados por el deambular de la Vitti, quien estaba a punto de adentrarse en la isla volcánica y de paso en la modernidad.

No veía La Aventura desde hacía muchos años atrás, así que descubrirla en Cannes fue todo un acontecimiento. Se podría decir que es el contexto ideal para verla y en verdad recién la pude entender y disfrutar en su totalidad; aparte de que la copia estaba tan impecable que parecía filmada ayer. Ante la ausencia de un homenaje explícito por parte del festival evocando el aniversario de Los 400 golpes y de paso la irrupción de la Nouvelle Vague en el cosmos cinéfilo (que al parecer ya a nadie le interesa demasiado), sólo destacó la presencia del extraordinario documental de Emmanuel Laurent Les Deux de la Vague, sobre los inicios del movimiento, encarnado en la compleja relación amical entre François Truffaut y Jean-Luc Godard. En este panorama un poco desolado, la revisión de La Aventura, actuaba como una especie de comentario pertinente respecto a la extensión de los límites cinematográficos y de cómo éstos re-definen el cine. Y es que de alguna manera la refrescante la modernidad de Antonioni se siente en la piel del espectador contemporáneo. Su riesgo artístico y personal, su particular reflexión acerca del tempo narrativo, sus encuadres limpios pero al mismo tiempo tan misteriosos son patrimonio de nuestro inconsciente cinematográfico, y su influencia está presente en todos los rincones de celuloide que Cannes presentó este año. Es un monumento por el que todos debemos pasar y contemplar perplejos. Que el festival haya utilizado un fotograma del film, con una Mónica Vitti observando cautelosa el horizonte, como imagen publicitaria del evento, es sintomático de su importancia y un pequeño guiño que se agradece.

La Aventura le hace honor a su título porque el cine estaba empezando a tentar terrenos poco familiares y sin brújula. Antonioni sugiere que no hace falta tener una y eso perturba aun más. Toda la secuencia de la isla sigue siendo tan enigmática como siempre y es perfecta, además de ser una relectura de la deriva esbozada por Roberto Rossellini en Viaggio en Italia, de la que se puede considerar es una especie de continuación. Sin embargo, el film tiene una segunda parte bastante amena, una vez que la investigación para encontrar a la desaparecida Lea Massari ha concluido y todos se regresan a su aburrida cotidianeidad. El tono del film cambia, se distiende, y Antonioni se dedica a desnudar las relaciones de la nueva aristocracia italiana de finales de los 50’s haciéndola añicos. La Vitti sigue perdida, en otra clase de isla, y no se da demasiada cuenta, aunque percibe que algo no está bien. Gabriel Ferzetti, su nuevo novio, tampoco ayuda mucho, la tolera poco y su cariño es postizo. Ella, se coge el cabello totalmente abúlica, contagiada del infernal aburrimiento que la rodea. Es el precio que tiene que pagar por el falso movimiento que acaba de hacer: intentar pertenecer a una clase social que no es la suya.

I. Chicas y maletas (Los abrazos de Almodóvar)

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Aquel miércoles 20 de Mayo empezó con la última entrega de Pedro Almodóvar, Los Abrazos Rotos. Promediaba el medio día y estaba en una esquina de la sala Soixantieme pues no había butaca vacía en la zona central. Tenía mucha expectativa por ver este film, es más, en Lima había conseguido la banda sonora y me encantaba. (El track “Final y A Ciegas” interpretado por Miguel de Poveda, con arreglos de Alberto Iglesias, fue de vital importancia durante todo mi viaje). Las luces se apagaron y en la pantalla iluminada una mujer desconocida es observada a través de un monitor de video. Estamos en una pausa en el rodaje de una película, en aquel momento de movilización técnica donde todo está alborotado y no sucede nada. La desconocida es una doble de cuerpo, un reemplazo de la original, quien no es otra que Lena (Penélope Cruz), la protagonista de esta historia. Ella, al tomar su verdadera posición frente al encuadre, se abandona en un gesto y suavemente pierde su mirada en el vacío. Son sólo unos segundos pero el instante es revelador. Estamos desnudando la mirada de una actriz, de un personaje, de una invención de celuloide, y descubrimos una ausencia amurallada detrás de unos ojos negros que erizan la piel.

Los Abrazos Rotos es quizá la película más triste de Almodóvar y Lena su más trágico personaje, aunque irónicamente jamás la llegamos a conocer del todo. Ella es un recuerdo, una fantasía de amor correspondido, una foto partida en mil pedazos. Efectivamente los abrazos se han roto por un exceso de pasión. La de Mateo Blanco (Lluís Homar), director de cine y guionista, por Lena, su musa, a quien arranca de un matrimonio insano, para convertirla en su amante y poseerla en rincones, como ladrones agazapados en la oscuridad, en abrazos intensos pero fugaces que ilusamente él cree nadie ve.

En las tinieblas de un presente castigado por la ceguera y escondido bajo un seudónimo (Harry Caine), Mateo recordará su amor por Lena, y las trágicas consecuencias que quedaron de aquella pasión en todos los personajes encadenados a esta historia. Pero existe también otra pasión y es la del mismo Almodóvar por las referencias cinéfilas, propias y ajenas; fetiches con la artificialidad de un color o con el brillo una peluca rubia. Citas plegadas unas con otras en un film que no cesa de armarse y desarmarse mientras se mueve temporalmente. Lo notable es la laxitud y calma de su escritura, algo que venía puliendo en sus últimas películas y que en ésta encuentra un bello equilibrio. Madurez narrativa, en pocas palabras.

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En Los Abrazos Rotos hay una meditación sobre el proceso creativo que conlleva realizar una película y que el director nos lo cuenta como si se tratase de un thriller de suspenso, con todo y ajuste de cuenta con el pasado. (Chicas y maletas, el film dentro del film es un guiño explícito a Mujeres al borde un ataque de nervios y a su relación con Carmen Maura). El Almodóvar de hoy es otro, no está ciego pero si muy inspirado, y es capaz de resumir su talento en momentos arrebatadores como el siguiente: Mateo y Lena han huido y se han refugiado en Playa del Golfo. El, fotografía el misterioso paisaje mientras Lena lo abraza enamorada. El viento sopla con fuerza pero ellos ya son una roca inamovible. Más tarde, al revelar la foto, Mateo descubre que en verdad ha atrapado con su lente a una pareja de amantes abrazados junto al mar. Son sus dobles, posibles amantes en fuga, como ellos. El director de cine ha renacido en la electricidad de un abrazo, sólo para captar lo efímero: la intensidad de un sentimiento proyectado hacia el infinito.

Cannes Revisited

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Es curioso pero resulta saludable abandonar una crónica de festival para luego volver a ella con aires renovados y con un mejor estado de ánimo. Como ya he mencionado antes, Cannes es un remolino que te arrastra hasta las nubes cual Dorothy del Mago de Oz, para luego abandonarte en la pradera medio zumbado. Cuesta volver a encontrar el camino a casa, pero finalmente lo consigues y cuando logras divisar a lo lejos un sendero conocido empiezas a sentirte más tranquilo y a reflexionar en paz. ¿Habrán sido justas mis palabras vertidas sobre las películas vistas con anterioridad? Quizás algunas sí y otras no tanto. El problema no radica en la exactitud de las palabras, sino en que si fuiste capaz de percibir los estímulos sensoriales propuestos por las películas, aunque te hayan gustado mas bien poco. Ser un espectador total, en resumen, o ejercitase para llegar a serlo. Cannes es un buen entrenamiento para este fin porque pones en práctica tu facultad de observación al máximo, que es la mejor arma para seguir el ritmo de un festival como éste, que tiene la densidad de un holograma y que reviste con una pátina de oro cada cosa que toca, en un pequeño instante de ilusión. Aquí el negocio del cine de arte se reinventa cada año bajo la forma de un bluff socialmente aceptado que compite con los demás festivales del mundo en ofrecer lo más exclusivo, lo nunca visto, lo mejor. La liga mayor (me refiero a la sección oficial), supervisada por Thierry Frémaux, tiene esa cualidad de portal hacia lo desconocido, cuya complejidad se basa en los altos estándares de su criterio de selección. Hay que experimentar la competencia oficial en toda su dimensión, aun con sus lagunas y puntos débiles, para entender el resto del show, incluyendo sus secciones laterales y demás zonas desconocidas, las cuales sólo sobrevuelas para captar su esencia. Estas ideas, como otras más, revolotean en tu cabeza durante todo el transcurso del festival, pero es luego que se asientan y empiezan a cobrar valor. Por eso se hace necesario el silencio para la reflexión. Las películas a medida que pasan los días crecen, se achican, se estiran y de repente en una conversación de lo más banal adquieren un significado más interesante del que tuviste al salir de una función. Este es otro proceso igual de valido que el periodístico porque le das la vuelta al calificativo inmediato e intentas trasmitir solapadamente la experiencia. Tal vez para algunos resulte risible retomar Cannes luego de haber finalizado unas tres semanas atrás y que todo el mundo sepa cómo acabó esta historia, quienes fueron los ganadores y cuáles fueron las particularidades del evento. Pero no. Se hace necesario finalizar lo empezado bajo otra óptica, en un intento de hacerle justicia a todo lo que viste y creíste entender. He aquí pues la conclusión de la aventura y espero sepan perdonar la tardanza. Voy a ahondar en mi enrevesado subconsciente y cogeré los fragmentos rotos para rearmarlos y presentarlos lo mejor posible. Aquí les va…

16.05.09 – 19.05.09

Anticristo (o un festival a la mitad y un poquito más)

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Salgo de ver Anticristo, la última película del danés Lars von Trier, y me encuentro  perplejo y hasta un tanto asustado. Luego de luchar mucho pude ingresar en la única función del film para acreditados ya que el pase oficial se dio ayer por la noche en el Grand Théatre Lumiere y era sólo para invitados de lujo. Formé cola por más de una hora bajo un sol inclemente (lo mismo sucederá mañana para ver Los Abrazos Rotos y pasado para Inglorious Basterds), pero al menos tenía  al celeste mediterráneo a mi izquierda. Fuimos 12 las últimas personas que corriendo logramos entrar a la repleta sala Soixantieme, dejando atrás una serpenteante fila de rostros enrojecidos que nos miraban desde la distancia con un odio plenamente justificado. Tengo que confesar que es toda una experiencia asistir a un film de Lars von Trier en Cannes, suscita mucha expectativa en el público (y con semejante título cómo no lo va a generar), pero luego es totalmente aniquilado por la prensa mainstream (la crítica publicada en Variety fue demoledora). Recordemos que Lars von Trier es un favorito del festival (como Almodóvar o Loach) y que en su haber tienes varios premios y hasta una Palma de Oro por Dancer in the dark. Sus películas causan siempre controversia y en general creo que la crítica no sabe muy bien qué hacer con la primera impresión de sus films y optan casi todos por bajárselo en una, dejando al descubierto todos su errores y blasfemias y desenmascarando de qué va su nueva jugarreta promocional. Algo de razón tienen pues en la conferencia de prensa fue un pesado y a pesar de su tartamudeo de alguna forma sugirió que su film era casi, casi, una obra maestra. Lejos está de serlo pero sí es un film sumamente inquietante y por momentos muy aterrador. Desconcierta pero jamás pierde fuerza (lo contrario de Dogville y Manderlay). Es contradictoria por momentos pero nunca confusa. Habla del despertar del mal en la naturaleza (Nature is Satan´s church, dice en un momento un personaje), pero también cómo se forma éste en el corazón mismo de una pareja (Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg, ambos extraordinarios) que cree haberlo perdido todo (un hijo), pero aun no sabe que les falta perder la razón. El conocido gusto de von Trier por el psicodrama sigue presente, pero esta vez los tonos azulados de la paleta de Anthony Dod Mantle, el director de fotografía, su uso tan expresivo del blanco y negro, la cámara lenta y las referencias pictóricas le dan al film otro vuelo mucho más audaz. Desde Breaking the waves  ningún film de Lars me ha impactado tanto visualmente como éste. Hay escenas de sexo explícito y de violencia sexual, lo cual es ya una marca de la casa, muy chocantes y la gente simplemente abandonaba la sala. Al final del film aparece una leyenda que dice que está dedicada a Andrei Tarkovski, lo cual suscitó ciertas risas en la sala, pero luego de tomar aliento y reflexionar un instante te das cuenta que el homenaje no es del todo descabellado, es mas se podría considerar a Anticristo como una antología (y de las mas inspiradas) de los motivos visuales del maestro ruso. No es poca cosa  que Lars se haya metido con la obra de Andrei, el resultado lo evidencia, pero es sabido también que jamás le ha faltado ambición, es más, le sobra y éste film es un importante punto de inflexión en su carrera, pues se le ha llenado la cabeza nuevamente de creatividad. Bueno, no cuento más y espero que algún día llegue a Lima.

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No son días muy pacíficos en Cannes. Ayer en la noche Kinatay de Brillante Mendoza tuvo su presentación ante una sala casi vacía. Es la segunda vez que Mendoza participa en una sección importante del festival (el año pasado participó con Serbis, que no estuvo exenta de polémica). Su propuesta no es tan experimental como las de Raya Martin (que este año estuvo por partida doble) pero no se puede dudar que tiene talento y que la visceralidad de su último film es algo poco frecuente en el cine contemporáneo. Es muy difícil (al menos para mí) clasificar Kinatay y de paso el cine filipino. Sucede en los lugares más tugurizados de Manila (muy parecidos a algunos en  Lima), en donde lo único que impera es la ley del más fuerte (el mafioso), y en donde la violencia, ya sea sexual o delincuencial, es algo común con lo que tienes que convivir. No tiene el lirismo de arrabal de los films de Lino Brocka, pero sí su intensidad y de alguna forma siempre lo está citando. Es un film demasiado excesivo y explícito para audiencias de lujo. Es casi una sumergida sin aviso en un mundo violento y fuera de control (el film dura exactamente un día, y transcurre casi en tiempo real), Mendoza quiere que sientas la experiencia de vivir en una urbe como Manila y realmente lo consigue. El choque que tienes cuando sales del cine con tan poca gente y de pronto de topas con el trasatlántico en el horizonte que está cruzando el mar cual y la nave va… te hace pensar en los altos grados de esnobismo que concentra el festival.

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En la tarde, comedia, bueno casi, y es que la última película del cineasta británico Ken Loach, Looking for Eric, que tiene como co-protagonista (y co-productor) al famoso futbolista Eric Cantona fue realmente algo inesperado de descubrir en la competencia oficial. Como en todas las de Loach estamos en el terreno de ingleses working-class a quienes se les viene el mundo encima de un solo golpe. La diferencia está ahora en un inesperado giro hacia el fantástico que junto a su guionista Paul Laverty han decidido intentar. Eric, el protagonista, es un cartero cuarentón al que la vida no le sonríe en lo absoluto, siempre se encuentra al borde del colapso, sus hijos no lo respetan ni consideran y siempre se lamenta sus errores como pareja que lo llevaron a ser abandonado por su esposa siete años atrás. Un día de negritud total se le aparece en la habitación el famoso futbolista en plan La Rosa Púrpura del Cairo y de pronto ambos se convierten en buddies. Cantona le ayuda  y da consejos en varios aspectos de su vida. De la noche a la mañana el hombre que más admira en el mundo está junto a él compartiendo una copa de vino, enseñándole a bailar o fumándose un porro. Cantona es todo un hallazgo de casting, su presencia corpulenta, su ingles mal pronunciado, su voz protectora de barítono, hacen de él un amigo que todos quisiéramos tener. Por momentos el experimento funciona y notas la  importancia de la figura de ídolos populares en el imaginario colectivo (en este caso el masculino). Pero la película está atravesada por muchos trazos gruesos que impiden disfrutarla a plenitud, y sientes que ahorita hacen la versión americana con Will Smith de protagonista. El señor Loach ha hecho muchas buenas películas como para tener que quedarse con ésta en el recuerdo, aunque probablemente se convierta en el primer éxito de taquilla del director. Aun así fue aplaudida en la sala por un buen rato y la gente salió híper contenta, algunos casi cantando la barra de su equipo de futbol favorito. Yo, en la luna.

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Un párrafo aparte se merece Irene de Alain Cavallier, presentada en Un Certain Regard, un desconocido para muchos pero que fue el creador de uno de esos films perdidos en la historia que merecen volverse a descubrir con urgencia, me refiero a Therese. Irene, otro nombre femenino, es un diario (como casi son  todos sus últimos films), filmado de forma precaria, con cámara de video y de forma casera, pero lo que no tiene en recursos lo tiene en valentía, pues el director no hace otra cosa que desnudar su alma y mostrarnos sus más profundas heridas, su vejez, su decrepitud corporal, su dolor ante la soledad que lo rodea y a la que le da formas inesperadas. Habla de sus ausencias (Irene, es el nombre de quien fue su gran amor, muerta años atrás), de los fantasmas que lo acompañan y que no lo dejaran jamás. Tal vez no sea el mejor film para un festival como este (tampoco era el horario adecuado, media tarde, podías escuchar varios ronquidos en la sala), pero al menos algo de difusión tendrá. Como anécdota… Paolo Sorrentino y Nuri Bilge Ceylan estuvieron presentes en la sala, Sorrentino tiene un peinado a lo Barton Fink, pero respira elegancia y desdén a cada gesto, el turco es súper parco y ni se ríe. Los perseguí al final de la función para el autógrafo respectivo pero los capturaron un apegagrupos de señoras y señores con pinta de vamos todos al hotel a seguir conversando de cosas más importantes y despabilarnos del anciano Cavalier. Será para la próxima. Buuu…

De Corea con amor (y también las imperdibles que se perdieron)

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Se está hablando de una segunda nueva ola de cine en Corea, también de cómo pequeños films (incluso algunos documentales) tienen éxito en el mercado interno del país, films que aunque se apegan a formulas de género establecidas no se conciben como grandes producciones pero consiguen una buena respuesta en el publico y pueden ser rentables. Hay varios nombres en la lista pero a la cabeza de esta nueva cresta de ola están un par de cineastas que compendian de alguna forma lo dicho con anterioridad, al menos en lo de los géneros y fórmulas se refiere. Tanto Thirst de Park Chan-Wook como Mother de Bong Joon Bo (también participa en la Quinzane des realisateurs el último film de Hong San Soo, que dicen está espectacular, pero él es tema aparte) son unas licuadoras fílmicas. Thirst es una de vampiros pero está inspirado en el Theresa Raquin de Emile zola; Mother, es un thriller que le debe todo su metraje a Hitchcock y a su precisión (quien iba a decirlo pero su descendencia oriental eleva aun mas al director inglés). Thirst es inclasificable, pasa de una cosa a otra sin interesarle la continuidad o la psicología, es pura imaginación y amplio dominio de técnica cinematográfica, por momentos no entiendes que sucede, luego tampoco, al final terminas muy confundido pero te entran unas ganas  de salir corriendo a hacer una pentatlón. Mother es más fácil de seguir, es la historia de una mamá que protege como una leona al anormal de su hijo acusado de un crimen que puede o no haber cometido. La mejor actuación que he visto en todo el festival se la lleva la señora protagonista que lleva semejante película sobre los hombros y sin chistar; ella es intensidad total, inteligencia, sagacidad, toda una madre coraje. Por otro  lado, el director se da un paseíto por su ciudad y la desnuda sin compasión. Es un mix entre Twin Peaks y La caldera del diablo pero filmado por un autentico heredero del gordo Hitch. Gran peli. Aplausos emocionados al final de toda la audiencia.

Quisiera hacer aquí un paréntesis y comentar algo que me impresionó sobre manera, y es de alguna manera un homenaje a las dos señoras bastante mayores que se sentaron a mi lado durante el film y que reaccionaban con felicidad ante cada nuevo giro inesperado de la trama. Cinéfilas de tradición que me imagino también han de ser fans del gordo Hitch, y que creo estaban leyendo lo mismo que yo. Abrazos desde la lejanía y otro también al gordo donde quiera que esté…

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Ahora lo que me perdí: Vengeance de Johnny To, Un Prophete de Jacques Audiard y sobre todo Tetro de Coppola…forme cola 3 veces, no pude entrar a ninguna de las funciones, la frustración me queda hasta ahorita y me da coraje sólo recordar todas las cosas que me retrasaron y me impidieron ver la última joya de Francis Ford. A la juventud sabelotodo no le gustó el film y habló pestes de la película, otros comentarios más alturados que escuché ya de gente más adulta, hablaba de ciertos links con el cine de Raoul Ruiz. Un crítico italiano que conocí, me comentó de que eran los grandes temas de Coppola resumidos en un film: familia, traiciones, pasados atormentados. El film se presentó fuera de competencia inaugurando la Quinzane, si vuelven a pasarla lo cuento de inmediato.

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Me estoy distrayendo un poco de este recuento porque mientras escribo este texto están aplaudiendo (ya van como diez minutos) el film de Almodóvar, que están proyectando al costadito de donde me encuentro. Only in Cannes…

Enrique Vivar

15.05.09 (Primeros films)

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Hoy, primera maratón de Cannes 2009 (luego del inevitable periodo de adaptación al festival). Antes de empezar creo conveniente contextualizar el mismo y las secciones que la integran, pues aparte de la competencia oficial (es decir los 20 títulos que compiten por la Palma de Oro con las últimas obras de cineastas ya consagrados como Resnais, Von Trier, Haneke, Almodóvar, Bellochio, etc., el festival ofrece muchas secciones paralelas con distinta curaduría, objetivo de mercado y total autonomía una de otra. Tenemos la Certain Regard, La Quinzaine des Réalizatours, la Semaine de la Critique, la Cam d´Or (para óperas primas), El Marché du Film, La Cinefondátion y la exquisita sección Cannes Classics (que este año tiene como invitado especial a Martin Scorsese que presenta una versión restaurada de The Red Shoes de Powell & Pressburger). Como se puede apreciar es imposible abarcarlo todo, y esto es algo que casi todos los que visitan el festival tienen muy claro, ves lo que el tiempo y la energía te permite.

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En nuestro caso que sabemos solo llegará a Lima un 2% de lo visto este año en Cannes, cada film es de suma importancia y tratas de comprenderlo según tu propio criterio y agudizando sentidos para percibir cómo reacciona el público del mundo (sí, el mundo entero está aquí, sin duda alguna). Tienes que armar tu propio festival arriesgando mucho o poco. Lo bueno del festival es que sabe jugar con la ansiedad del adicto al cine, y si no lograste entrar a la función inaugural de algún film lo puedes ver al día siguiente, en una especie de salvavidas llamado day after the screening, pensado  para aquellos que no poseen ni invitación ni smoking.

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Pero bueno, es momento de pasar a las películas empezando por la que más me impactó: Fish Tank, segundo largometraje de la directora inglesa Andrea Arnold, muy apreciada por la redacción de Ver o no Ver, quienes no paran de programar su extraordinario debut Red Road en cuanta muestra aparezca. Su última película viene a reforzar todas las esperanzas puestas en su persona. Como en Red Road, esta es una historia de vidas solitarias, feas y grises que habitan cual roedores en monoblocks gigantes y destartalados en los extramuros de la ciudad, y que al parecer sólo ella sabe filmar con mucha precisión. Sin embargo, esta historia de una adolescente perdida en el suburbio de mala muerte que habita, con una hermana menor que la insulta, una madre que la odia y el nuevo novio de ésta que la desea, nunca derrapa en el melodrama gratuito. Es cierto que esta historia de adolescente torturada ha sido transitada varias veces por el cine (en especial el inglés), pero a diferencia de Ken Loach o Mike Leigh, la Arnold se las arregla para hacer de Fish Tank una experiencia cinematográfica alucinante. Muy atenta al ritmo corporal de sus protagonistas (que nunca cesan de bailar, gritar y correr) y a la manera de filmar los espacios que habitan (edificios desolados, suburbios de cartón…) el film posee un sello visual que lo unifica y lo hace casi perfecto. Mia, la protagonista, tiene un poco de Rosetta, un poco de Mouchette, flaquea pero no claudica, está en movimiento constante, es pura energía que no deja de moverse porque de hacerlo muere. Es una sobreviviente.

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Spring fever, la segunda película presentada en competencia, del chino Lou Ye, autor de la impactante Summer Palace, es todo un raid acalorado por las relaciones afectivas de un grupo de personajes en la china contemporánea, y único cuyo link conector es el sexo acalorado (versión homosexual, heterosexual y bisexual, casi en ese orden). Pasa de ser un triangulo entre un tipo sexualmente muy liberado, su amante casado y la mujer de éste, para convertirse en un quinteto que incluye al tipo que espía la relación adúltera y a su chica. La película empieza con una fuerza arrebatadora, con teléfonos celulares que captan y espían todo lo que se mueve. En verdad es una historia de folletín pero filmada con frenetismo. Pero, poco a poco la historia pierde mucha fuerza y se enreda tal cual la confusión de sus personajes. Al final hay una especie de viaje utópico en el que los sobrevivientes del drama viven, follan y lloran en igual medida, mientras solapadamente el director indica que la contemporaneidad de su país puede verse de forma muy clara observando el comportamiento sexual de sus ciudadanos.

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La restauración y presentación a un nuevo público de joyas de la historia de cine (y de paso fomentar su distribución comercial), es uno de los objetivos de Cannes Classics. Este año tiene desenterrados varios tesoros como por ejemplo Loin du Vietnam (1967), documental realizado a varias manos y que reunió en su momento a cineastas abiertamente politizados y comprometidos a denunciar los pecados del sistema como fueron Chris Marker (en su etapa SLOAN), Jean Luc Godard, Agnes Varda, Jori Ivens, Alain Resnais William Klein, entre otros y que ponía en alerta al mundo de la masacre que en ese momento estaba ocurriendo en Vietnam y como esa Norteamérica que estaba “lejos” entendía el tema. Un film absolutamente imprescindible para quienes quieran descubrir el cine militante en la que quizás fue la época más abiertamente politizada del cine.

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Air Doll, del japonés Kore-eda (el mismo de Nobody knows, su mejor film) y presentada dentro de la sección Un Certain Regard, es una tontería, que reconozco haber padecido más debido a una urgencia de ir al baño muchas horas postergada y la imposibilidad de salir para evitar hacer ruido y no ganarme el odio de la sala que al parecer si gustó de la película.  Es una historia un poco tonta sobre una muñeca sexual inflable que cobra vida de la nada y que se interroga sobre su condición de muñeca de uso (y abuso), y también, de paso, sobre el amor. Probablemente sea una crítica a algo (¿los fabricantes de muñecas inflables?) o quizás no sea nada de nada, como la carrera de Kore-eda. Descartable.

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Jane Campion is back! Y lo digo con toda emoción, Bright Star para quien esto escribe fue una oportunidad de ver la madurez de una cineasta por quien tengo mucha admiración y que sigo desde sus inicios. Bright Star es puro placer sensorial, casi una suma de lo mejor de la cineasta. Campion ha conseguido realizar un film acerca de lo poético, no solo porque se trata de dar a conocer la relación entre el poeta inglés John Keats y la joven Fanny Brawne, sino porque su tratamiento es absolutamente consciente de buscar lo bello en la forma, el ritmo, la estética. Pocas veces el cine ha sido es capaz de representar el amor, o mejor dicho la dicha del amor de una forma tan delicada y al mismo tiempo depurada. Aquí sentimos el amor en una puesta de sol, en una flor que nace o hasta el vuelo de unas cortinas agitadas por el viento. Muchas lágrimas. Una obra maestra a la que volveré más adelante.

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Al final, luego del llanto, sales a la realidad y te encuentras con ese otro Cannes de revista tan lejano de la sutileza y los picos emotivos de la Campion. Los smokings y vestidos de gala se pasean por doquier y no sabes muy bien qué demonios haces ahí, y aunque que no es mi mundo trato de pasear entre ellos solo para ensayar mi Bon Soir, que cada día me está saliendo mejor.

Enrique Vivar

13.05.09 – 14.05-09 (A modo de introducción)

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Cannes es una batalla, creo que es el mejor adjetivo que le puedo otorgar. Es una pelea un tanto desproporcionada, trepidante y sobre todo extremadamente agotadora que mantienes contra un contrincante a quien no se le puede vencer y que irónicamente es alguien a quien has querido conocer toda tu vida. Tu adversario es una entidad cultural de 62 años y si no eres un peleador profesional puedes considerarte vencido de antemano. En verdad lo que haces es pelear contra un mito, un mito que no es exactamente ni cultural ni histórico, es un mito personal. Es imposible no dejarse obnubilar por la emoción de estar en un lugar con tanta leyenda cinematográfica y que indiscutiblemente decide que es relevante y que no lo es cuando a tendencias de última hora se refiere. Aunque es sencillo dejarse hipnotizar por el paisaje, las playas, el rumor del mar, las publicidades gigantescas que cuelgan de los lujosos hoteles como el legendario Carlton. Cannes está lejos de ser un paraíso (más aun, sino eres ni rico ni famoso ni posees un yate), es más que eso. Cannes es ante todo algo real y poderoso. Todo el mundo se detiene cuando este espectáculo empieza y ya sabes que cuando todas las luces se encienden es que tu batalla personal ha finalizado.

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Cannes es una fiesta pagana y el Cine es uno de sus dioses principales pero no el único pues hay otros más, también es una especie de santuario junto al mar, como Lourdes pero para cinéfilos, tu puedes observar que las aceras están llenas de peregrinos en busca de un instante de bendición espiritual, de halo divino que se pose sobre sus almas traspiradas por el calor infernal, no llevan libros sagrados entre sus manos, sino programas, anuncios, revistas de cine gratuitas. Intenté unirme a la secta y los acompañe con mi transpiración, pero pronto me di cuenta que en el fondo soy poco creyente y que estaba a punto de dejar de serlo del todo. Creo que Cannes es una religión bastante curiosa porque siempre te deja observar el mecanismo de su poder. Es una gran máquina de producción que no cesa de operar. Esta máquina vende prestigio y produce arte al mismo tiempo, no se esconde ningún tipo de secreto, es un culto demasiado sofisticado: es la Riviera francesa.

 

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¿Que nos queda entonces luego de tanto shock emocional? En verdad muchas cosas: fama por doquier, films de exquisita manufactura, manifiestos estéticos, nuevos cineastas por descubrir, jóvenes promesas (es el año de Latinoamérica en las secciones paralelas dicho sea de paso), hay grandes regresos, actuaciones de lujo. Contemporaneidad, tradición, ilusión de conocimiento: este es el negocio del cine de arte en su forma más elaborada y para mí una de las más importantes revelaciones de mi existencia. De pronto me di cuenta que crecí de golpe y que soy un poco más viejo y sabio, pero sobre todo tengo la seguridad de que he dejado de creer.

Enrique Vivar