ensayos

NOSTALGIA DEL HOGAR, un recorrido musical

Con “Nostalgia del Hogar”, Martin Scorsese realiza una reivindicación del blues como esencia cultural y enriquecedora de las mujeres y hombres negros del mundo. Lo primero que hace Scorsese es recuperar las grabaciones originarias que existen de música blues y dar las gracias a quienes las hicieron posible. Para contar la historia de “Nostalgia del Hogar”, Martin Scorsese utiliza como hilo conductor al músico negro Corey Harris, que viaja desde la raigambre sureña del delta del río Mississippi, para subir por los territorios de su cuenca y viajar, después, a África para descubrir cómo fueron los orígenes del blues.

“Nostalgia del Hogar” habla de músicos que se criaron alrededor de los algodonales, sin dinero ni comida, cuando no había ordenadores que hicieran los sonidos, cuando había que tocar con maestría cuerda por cuerda. Allí surgieron unos músicos que aliviaban las vidas de la gente. Son músicos como John Lee Hooker, Willie King, Son House o Robert Johnson. Músicos que se adaptaban a los tiempos, como Otha Turner, que utiliza para hacer música en la película una sencilla flauta de caña. Y esta flauta conecta directamente con los ancestros del blues, a los que Martin Scorsese dedica la última parte del documental. La caña, los tambores, los griots…, África.

Martin Scorsese nos hace viajar a Malí, en África Occidental, para buscar lazos musicales con el blues. Allí, Corey Harris habla con otros músicos como Salif Feita y conversa también con el músico Toumani Diabaté, que hace declaraciones tan escalofriantes como ésta: “Puedes raptar a las personas, puedes quitarles la ropa, puedes quitarles el calzado, puedes quitarles sus nombres y ponerles otros. Lo que quieras. Lo único que jamás podrás arrebatarles es su cultura”.

Incluso Corey Harris se acerca a Niafunké, en la ribera del Níger, para hablar con uno de los músicos africanos con más proyección comercial en otros países: Alik Farka Touré. En “Nostalgia del Hogar” hay aspectos comunes al capítulo dirigido por Wim Wenders, “El Sentimiento del Hombre”, ya que se incluyen distintas actuaciones de una misma canción; hay también declaraciones del representante musical Dick Watterman, poseedor de interesantes fotografías; y el director, igual que Wenders, aparece físicamente en algunas grabaciones. Pero el enfoque es totalmente distinto.

Este documental es un homenaje personal de Martin Scorsese a la música que sale del estómago y del alma, a ésa que le hace a uno sentirse mejor, sentirse como en casa. Como dice el título de la película, “Nostalgia del Hogar”.

Por M. Savirón Cuartango

ASESINA NATA, Juliette Lewis and The Licks

Viene Juliette Lewis y su banda The Licks y voy a verla. No es que me entusiasme demasiado su música y ciertamente no espero un show impecable, tratandose de una actriz venida a cantante no hay que ser muy exigente con las expectativas. Lo que realmente me ilusiona es verla. Mientras me dirijo al local del concierto me viene a la mente la imagen de esa Juliette adolescente que con poco pudor y delicioso desparpajo intelectual hace perder la cabeza y-literalmente- los papeles al querido Woody Allen en Maridos y Esposas. Ya no se verá tan adolescente voy pensando en el camino, intelectual nunca se la ha visto, ni con lineas escritas por el mismo Allen.
El local es el Club Cuatro, una disco, entonces no habrá problemas de visión y menos de aglomeraciones supongo. La gente que me rodea parece salida de algun reality show cuya edición bien podria llevar el título de “Asesinos por Naturaleza cambió mi vida” y por si no lo hubiera recordado, ahí estaba un muchacho vistiendo una camiseta con el logotipo de la pelicula de Stone y con cara de haber ensayado todos estos años los gestos y muecas del personaje de Woody Harrelson. El ambiente me hace recordar a uno de esos antros a donde Dianne Wiest arrastraba a Allen en Hannah y sus Hermanas. Pero esa es otra película y esto es Japón, además Juliette no actuaba en ella.
Se apagan las luces y la banda empieza la tocada, de repente como salida de la nada, entre brumas aparece Juliette con solemne gesto indio, asumo que norteamericano pues lleva ademas una plumita parada en la cabeza. Es toda una inidiecita, el pelo negrísimo, lacísimo, la figura delgada, estilizada, una Pocahontas en trance de mezcal. Toma el micrófono y se apodera del escenario. La noche se ha partido y desde ahora ella la gobierna. No ha hecho mucho todavía, no canta mal, no tiene gran voz, pero nos tiene hipnotizados con Search and Destroy de Iggy Pop y The Stooges. Miro a mi alrededor y descubro un grupito tan llamativo que llega a distraerme por unos segundos del show. Una chicas mas bien regordetas, chatas y con fachas que van desde vendedora de productos por catálogo, secretaria, tercera asistente hasta nerd informática. Todas saltando arrítmicamente como poseídas por algun embrujo o como fieles de algun culto pagano, ese que seguramente Juliette misma revelara para ellas en Kalifornia con esa salvaje ingenuidad y feroz brutalidad de su personaje.
Ahora tocan un blues, Juliette disimula bien las fisuras de su registro con una mezcla de histrionismo y salvajismo que nos tiene pasmados. Hay que verla clavar la mirada, esa misma mirada que sacaba a Asesinos Por Naturaleza de ese pantano psicodélico que era para hacerla lucir como película decente menos pacharaca. Te la clava y te quedas petrificado, alucinado, nervioso, como esperando ese tiro que te haga estallar la cabeza. Piedad Juliette, Fulminame!
Ya despeinada, traspirada, agitada, sin la plumita parada anuncia que el show va llegando al final.
Todos pedimos un poco más y ella nos da más. Se nos acerca, nos da la mano, deja que la peinemos que le sequemos el sudor, canta dos canciones más ,vuelve a darnos la más intensa de las miradas y se quita. Estamos acabados, nos ha matado y el deseo de resurrección en el fondo sólo esconde la secreta esperanza de volver a ser fulminados.
Salgo del local para volver a la realidad. Las chicas regordetas son mas nerds de lo que parecían, el patita a lo Woody Harrelson se ha puesto el saco y lleva el inequívoco maletín con la corbata y la camisa metidas ahi -presumo- de todo salary-man. Todos salen del local en orden marcial. Los miro y ahí van, mas zombies que muertos. Yo he perdido el último tren, tendré que buscar un hotel-cápsula y esperar el primer tren del día siguiente metido en una habitación-nicho. Total, ya me mataron esta noche.


Por Armando Sakihara

PLACERES DESCONOCIDOS. Una aproximación crítica

Procedente de la Academia del cine de Pekín al igual que los cineastas de la generación precedente, Jia Zhangke no sigue el mismo recorrido que sus mayores. En tres películas desde 1997, reconstruye la vida de los individuos y sus poderes en los últimos 20 años de la China continental que, tras la Revolución Cultural se volcó en la Era de las Reformas. Mientras los directores precedentes, educados en la tormenta de la Revolución Cultural, se interesan por encontrar su identidad como miembros de un ente social mediante una recomposición de la Historia, Jia Zhangke filma a individuos de hoy, con el paro y los despidos, el sexo, la disolución de la vida social, la deriva fuera de la ley en un país donde la juventud sigue buscando su sitio, desgarrada entre el poder de la ideología de antaño y la economía socialista de mercado, que es la expresión de un gran deseo consumista pero que no ha encontrado su equilibrio todavía.

En el instante en que una generación de dirigentes de 70 años cede en parte su puesto a unos hombres entre los 50 y 60 años, en el que China entra en la Organización Mundial del Comercio, prepara los Juegos Olímpicos pero mantiene una concepción no occidental de la democracia, la película de Jia Zhangke es una mirada apasionante que además adopta una novedosa técnica de filmación.

Quemaduras de lo cotidiano

Las noticias sobre China, vengan de donde vengan, no son ciertamente buenas, ya procedan éstas de Hong-Kong (Fruti Chan, contándonos el devenir de las niñas enviadas a prostituirse al antiguo enclave británico) o sean ahora la que nos cuenta Jia Zhangke aquí, un chino del norte que regresa a su ciudad natal, y que nos muestra una profunda pesadumbre, una lenta decadencia de los días y de los sentimientos.

Lo mismo sucedía en Taipei, bajo la mirada de Hou Hsiao-Hsien, y creímos que la causa era la situación de Taiwán; y en Hong Kong y en Corea del Sur observamos lo mismo de nuevo y pensamos que la occidentalización se había implantado demasiado rápido. Y así, en las ciudades industriales próximas a Mongolia, en esta sociedad que salvo ciertos aspectos vive en otra época, en otra civilización, se instala un malestar idéntico al que conocemos en otros lugares, esa incapacidad de situarse que es padecida en primer lugar por los jóvenes adultos. Aceptar las referencias de otra generación o elaborar nuevos mundos por venir son dos hipótesis equidistantes, tan improbables una como la otra. Chicos y chicas de 18 y 20 años dan la impresión de tomar sólo los peores clichés de la sociedad que les rodea, momentos descuajaringados de una mecánica sin razón; Atiborrados de televisión, han escuchado cómo eran vencidos todos los relatos del mundo, y han presenciado la desarticulación de todos los lazos, – sociales, familiares, políticos, etc.-. La constatación es banal, no pertenece ni a este siglo ni a este continente, pero por ello su universalidad golpea ahí tanto como los colores de las circunstancias.

A decir verdad, hay dos realidades a juzgar o al menos a considerar. La primera de ellas es la mostrada por Zhangke: una mezcla de extraña libertad y de asfixia irremediable, personajes a los que todo se muestra abierto; el horizonte, el país al final de la autopista, estudios, aventuras (fundamentalmente las de una noche) y a los que nada les es impuesto, en el sentido de una presencia, de una autoridad de hecho, de una experiencia importante. Personajes sin gran interés aparente, sin obsesión ni proyectos, sin resistencia ni identidad, sin deseos ni aspiraciones. Pero esa misma vacuidad es la que poco a poco les concede su valor. Son las superficies planas que reflejan la luz sin modelo del mundo en el que viven, y los artesanos semiconscientes de un trayecto individual nuevo. Como primera generación confrontada a un liberalismo relativo, comprueban sobre su piel la amplitud de esos nuevos espacios a explorar, esta salida de la economía de Estado, de las estructuras familiares tradicionales, del control social sobre los sentimientos privados, porque de esto se trata, de una vida nueva, de poder provocar, engañar, seducir al otro sin que ningún orden externo se mezcle en las relaciones intimas entonces inventadas. En Placeres Desconocidos una de las jóvenes parejas es el ejemplo de una vía tradicional, completamente organizada por las estructuras establecidas: las citas son decentes aunque clandestinas, ya que ésta es la regla del juego; los encuentros se interrumpen según los exámenes a preparar, y todo alrededor de la pareja respira la estabilidad y el aburrimiento de los ejercicios acordados; el espacio es tranquilizador, las situaciones calmadas, los programas de TV carecen del peligro de apertura al exterior. Por el contrario, la pareja protagonista se halla inmersa en una aventura que la sobrepasa porque sin duda no responde a ninguna representación, a ningún modelo social o cultural establecido. O no es una verdadera pareja o lo es contra viento y marea, con perspectivas imposibles de asumir, horizontes insondables. El joven muchacho, se dedica a ello con obstinación, a forzar la hipótesis, a buscar la consecución de esos momentos improbables. Y todo lo conseguido, aparentemente carente de sentido, se constituye sin embargo en otras tantas nuevas aperturas, tantos desafíos, tantos caminos por dibujar. Siguiendo a la mujer que él ha elegido (para amarla, para acostarse con ella, para cumplir con una decisión que no importa, puesto que no estamos en un estudio psicológico sino en una descripción de estados), desafiando el riesgo físico, acumulando inconsecuencias, no inventa un destino de cuerpos articulados sino una cotidianeidad que nadie es capaz de explicarle. Las novelas y las películas son plenamente actos de incitación, de fuga, gestos que resuenan como afirmaciones desesperadas; en Placeres Desconocidos no existe nada de esto, no hay afirmación, no hay desafío. La espera, apenas angustiosa, de lo que se desprende de esos gestos desinteresados: un polvo, una bronca, una ruptura.

La dirección de Jia Zhangke incide con diferencia en el sentimiento errante y de confusa libertad del film. Los largos planos secuencia con cámara digital dan a la intriga una fluidez, y un aspecto delicado de indeterminación, de suspenso imperceptible, que un guión clásico no lograría del mismo modo. No es la potencialidad de los actos, ni su violencia valorada por la movilidad de la cámara, por su capacidad de acercarse o alejarse del sujeto; es su inscripción hipotética en el entorno. La distancia elegida por el cineasta es, según el momento, la de la incertidumbre o la de los encierros. Evitando ese tic contemporáneo de la proximidad en demasía, como piruetas insignificantes, Jia Zhangke impone una maleabilidad del espacio que permite la experiencia cotidiana de sus héroes.

Ahí se encuentra precisamente la ambigüedad del film, o más bien del modo en el que puede considerarse. Puesto que la realidad en presencia de la que nos hallamos aquí, nunca es la propuesta por el director. Hacemos como que la olvidamos, consideramos esta realidad como dada de antemano; pero estos jóvenes errantes, sin fin ni modelos, son en primer lugar el fruto de una mirada singular que, bajo la apariencia de dejarles luchar contra su propia vida, establece conexiones, plantea explicaciones, permite comprender. Aunque Placeres Desconocidos parece atrapar el espíritu del tiempo, no escapa a la tentación de un moralismo convencional. Poner en relación el sexo, el alcohol, el desempleo y organizar alrededor una vida sin porvenir es hacer algo más que observar las mutaciones contemporáneas; es darles un sentido, encontrarles una lógica, establecer con cierta elasticidad relaciones causales manifiestas. Y si la muy brillante utilización de la cámara digital contribuye favorablemente en la creación de un efecto de r
ealidad, también contribuye a la ambigüedad del propósito.

Por Vincent Amiel. Extraído de la Revista Positif Nº 503. Enero 2003

EL CRONISTA DEL PASO DEL NOSOTROS AL YO. Entrevista con Jia Zhang-Ke

La próxima película de Jia Zhang-ke se llamará algo así como Naturaleza muerta, y tratará sobre los jóvenes chinos que no pueden salir de su tierra de origen. Jia, en cambio, viaja mucho, y en México se hospedaba en un flamante hotel “de diseño”, en el cual había estrictas normas acerca de no desplazar sillones, mesas, sillas, incluso ceniceros, pues los diseñadores no lo permitían. El mundo del siglo XXI aparenta ser -véanse algunos lugares de Palermo sin ir más lejos- el de la dictadura del diseño. En ese ambiente, Jia semejaba ser un personaje de su última película, pero munido de una gran lucidez.

¿Cuál es el proceso de creación de tus películas, cómo escribís, cuánto tardás en prepararlas y cómo pensás el rodaje?

Dedico mucho tiempo a meditar, a pensar el guión. El argumento no lo escribo en esa etapa, lo pienso durante uno o dos años y luego tardo alrededor de dos meses para escribirlo, pero armado en grandes rasgos, no con muchos detalles. La modificación siempre ocurre cuando decido el lugar de rodaje. Ahí se modifica por primera vez el guión, y luego ocurre una segunda modificación cuando ya tengo a casi todos los actores y actrices. Entonces, durante un mes paso mucho tiempo con ellos, voy a comer con ellos, los conozco. Y en base a lo que piensan y a sus opiniones hago la segunda modificación. En cuanto al tiempo de rodaje, depende de la película, por ejemplo Unknown Pleasures (Placeres desconocidos) tuvo un rodaje de 19 días, y en el caso de The World fue de 69 días.

Desde tu primera película, Xiao Wu, se puede ver en tu cine una presencia progresivamente mayor del mundo occidental en China. ¿Cómo ves esa presencia?Es así la realidad de China.

Cuando hice Xiao Wu recién comenzaba el proceso de modernización y globalización. Con el tiempo fue acrecentándose, y ahora con The World se ve cómo China ya está absolutamente metida en ese proceso de globalización, y yo quiero expresar ese proceso de manera contemporánea. El desarrollo de China es un desarrollo muy abrupto, muy acelerado. Yo quiero representar lo que siente la gente, los traumas. Claro que en China hay también otros temas históricos como por ejemplo la Revolución Cultural, que también merecen ser filmados, pero a mí me llama más la atención la realidad actual de China.

Y al trabajar sobre esa zona tu cine adquiere una fuerte carga política. ¿Te sentís un cineasta político?

Creo que en China es imposible hacer una película dejando aparte la política, porque la política es ya una parte, un elemento indispensable en la vida cotidiana de los chinos, aunque siempre evito tratar directamente el tema político porque para mí la persona es el tema central.

En tus personajes se filtra la política. Pero hay otras películas chinas, como las dos últimas de Zhang Yimou, Héroe y La casa de las dagas voladoras, que o bien dejan de lado la política o bien plantean alegorías un poco banales. ¿Qué pensás de ese tipo de films?

Francamente no me gusta mucho la película Héroe, porque uno de los temas es que el poder tiene razón. Eso me resulta increíble y terrible, no parece hecha por una persona que vive en la China actual.

Xiao Wu tenía planos cercanos a los personajes, y luego en tu segunda película, Platform, los planos son más generales. ¿Cuáles fueron los motivos de ese cambio?

En cuanto a Xiao Wu, es un retrato individual y yo me quería concentrar en el personaje. Y en cuanto a Platform, lo que quería expresar eran esos diez años de la apertura y enfatizar el paso del tiempo; no los detalles, sino el estado de la gente que no tenía nada que hacer, la ociosidad.

El personaje de Xiao Wu, si bien no estaba exento de esa sensación de malestar que exhiben tus personajes, se lanzaba a hacer alguna actividad. Pero a partir de Platform, los personajes de tu cine parecen tener un menor impulso vital, una menor tendencia hacia la actividad. ¿Sentís que existe algo así como un vacío en las generaciones más jóvenes en China?

Es que los jóvenes siempre me interesan más que el resto de la sociedad, porque China es una sociedad en la que los viejos no gobiernan, sino que mandan. Los jóvenes sienten mucha presión: de trabajo… de familia… claro que también me encuentro entre ellos, soy uno de ellos, entonces también quiero prestar atención a mi vida. Los jóvenes siempre queremos tener un nuevo estilo de vida, y muchas veces fracasamos.

¿Cómo es la relación entre los silencios y la música en tu cine, sobre todo a partir de Platform? ¿Cómo se relacionan los fuertes silencios de tu cine con la fuerte presencia de la música cuando aparece?

Además, los bailes… El silencio es una manera de expresar lo rico del interior de la gente. El pueblo chino no sabe o no se acostumbra a expresarse mucho, entonces, para mí, a veces el silencio es muy fuerte. A través de la música y del baile también se puede expresar lo más profundo de las emociones, por ese motivo las tres cosas no se pueden separar.

¿Cuál es tu relación con la música rock y pop de Occidente?

Me encantan la música rock y pop. Cuando yo era muy chico todavía no había música muy popular en China. Luego, cada día fueron surgiendo más tipos de música. La música no sólo es una necesidad para la vida sino, también, una buena manera de expresarse. La cultura popular de Occidente es muy importante en China: antes de que entrara, aparecía mucho la palabra “nosotros” en las canciones chinas, luego de la entrada de la cultura popular occidental comenzó a manifestarse mucho la palabra “yo”. Es un cambio muy importante. Y ese cambio se dio también en las canciones chinas. Es muy importante este nuevo énfasis en el yo, en lo individual.

¿Es una especie de “renacimiento” este nuevo énfasis en el individuo?

Sí, exactamente. Entonces, como cada día se enfatiza más el yo, cuando antes siempre era el nosotros, la cuestión colectiva, el trabajar juntos y esas cosas, genera un cambio muy fuerte, que provoca diversas crisis y destruye muchos valores tradicionales.

Tu cine habla de una realidad determinada, está tan arraigado en un lugar que uno puede sentir que habla de China. Hoy hay mucho otro cine sin lugar de pertenencia, ¿cómo lo ves? ¿Qué pensás de ese cine desterritorializado?

Ahora el mundo se ha vuelto mucho más pequeño, porque tenemos diversas vías para comunicarnos, pero creo que lo más importante del cine es que hay que insistir en lo local. Se da otro fenómeno: hoy en día hay muchas personas que dicen “tenemos que filmar películas de fama internacional”, y yo creo que esa gente trabaja exagerando las diferencias entre las distintas culturas. Si uno es fiel a lo que vive en su tierra y hace la película a partir de eso, todo el mundo puede entenderlo; un ejemplo: anteayer fuimos a un pueblo fuera de la ciudad de México, y en el viaje yo observaba y encontraba muchas semejanzas con los suburbios de Pekín cuando la recorro en coche; es muy parecido.

¿Cuáles de tus películas se han podido estrenar en China?

Hasta ahora, ninguna; mis primeras tres no han pasado la censura. The World sí ha pasado la censura, y se estrenará en China el 15 de abril en cinco ciudades, y luego irá a otras.

¿Que The World no haya sido censurada tiene que ver con que la película tiene menos “elementos censurables” o es porque hay una
apertura, una relajación de la censura?

El sistema es demasiado estricto. Yo nunca creo que van a tener problemas y finalmente los tienen. Creo que The World se estrena más bien por una falla del sistema.

¿Se puede decir que en el exterior se conocen más tus películas que en tu propio país?

Bueno, tenemos otras maneras para hacerlas conocer entre el público chino. Mis películas se pasan en las universidades, en bares, en donde es menos estricto el ambiente.

En China, ¿tu cine es visto por estudiantes e intelectuales o por un público más “popular”?

No solamente universitarios, también público en general. Hay, además, mucha venta de discos piratas, algo que no es del todo bueno, pero en este caso tiene una faceta positiva. Y en los discos piratas de mis películas puede leerse: “Esta película está prohibida por el gobierno y nosotros ayudamos a su distribución”.

¿Cuáles son tus influencias cinematográficas? ¿De qué directores aprendiste?

De muchos, por ejemplo Bresson, Antonioni, Hou, Ozu.

Tsai Ming-liang hizo una película cuyo eje, cuyo imán era la ciudad de París (¿Y allí qué hora es?). ¿Podrías hacer una película fuera de tu tierra?

Sí, también tengo ese proyecto, pero trata de la gente de mi tierra que sale a otro lugar.


Por Javier Porta Luz, extraído de El Amante

VINCENZO MARRA, notas de realización

La idea para la película surgió a partir de una pregunta: ¿Qué sucede cuando una o varias desgracias, totalmente imprevistas, se cruzan en el camino de alguien que no tiene la capacidad para soportar este tipo de acontecimientos, que carece de lo que yo llamo “un paracaídas”?
Esta pregunta empezó a rondar por mi cabeza cuando me encontraba en Nueva York. Mientras caminaba por sus calles, pude observar a un buen número de vagabundos y gente desesperada, vagando como zombis por la gran metrópoli. Entonces, le pregunté a mi acompañante: “¿Qué pasaría si una de estas personas tuviera un accidente y necesitara asistencia médica?”.
Su respuesta fue lapidaria: “Amigo, si no tienes una tarjeta de crédito ¡estás perdido! Sólo hay un hospital en la ciudad para aquellos que no la poseen, pero es una leprosería en todo sentido y lo cierto es que el que entra… ¡rara vez sale vivo!”.
Al volver a Italia, la idea de esta película ya se había convertido en una necesidad para mí. Decidí imaginar a un muchacho, a una familia “sin paracaídas”. Partimos de uno de los muchos barrios de la periferia de Nápoles, mi ciudad; uno de esos barrios en los que, a menudo, los acontecimientos superan con creces a los individuos que deben enfrentarse a ellos.
Preparando la película, descubrí que en la periferia de Nápoles viven casi un millón de personas, todo un ejército de almas “sin paracaídas”. Uno de los principales motores de mi inspiración fue el tristemente célebre barrio 167 de Secondigliano. Cada vez que volvía a ese lugar fantasmagórico, que muchos evitan, me atrapaba más y más. Por ese motivo decidí ambientar allí mi historia y colaborar con la gente que mejor conoce este lugar, sus vecinos.
Después de pensarlo una y otra vez, y sobre todo, después de haber pasado tantas horas en ese lugar tan espantoso, no sólo llegué a la conclusión de que se trata de una barriada terrible, sino que estamos hablando de un mundo aparte, de una ciudad dentro de la ciudad, con sus propias leyes, su propio código y su propia alma.
También comprendí que el barrio podía darme a algunos de los actores. Gracias a la ayuda de una persona de mi confianza, inicié otro viaje a lo desconocido, me lancé a la búsqueda de los actores que debían constituir el reparto.
Visitamos escuelas, lugares de encuentro y tengo que reconocer que mi primera impresión no pudo ser más positiva. Inmediatamente me di cuenta de que no podía haber elegido mejor. Evidentemente, hemos tenido que trabajar muy duro, pero ha valido la pena.
Para los otros papeles, busqué actores de teatro y auténticos profesionales, con el fin de plasmar las diferentes realidades que existen en Nápoles. Pero finalmente me decanté por aquellos que poseían las características idóneas para la historia que quería contar. Estoy convencido de haber tomado el camino correcto, no sólo con el reparto, sino, sobre todo, por haber dotado a mi película de una verdadera alma.

VIENTO DE TIERRA, una aproximación


Si Voces distantes (Distant voices, Still Lives, 1988, Terence Davis) puede considerarse una actualización desideologizada del free cinema, Viento de tierra puede verse en los mismo términos con respecto al neorrealismo italiano. El film de Vincenzo Marra está tan cerca de Vittorio de Sica como de Robert Bresson; incluso podría decirse que nada en las aguas de los hermanos Dardenne, aunque sin referencias a Fedor Dostoievski.

El joven cineasta napolitano forma parte de una generación que está de vuelta de la mitificación de la literatura, de la política, del periodismo y de la egolatría. Nadie podría hallar a sus auténticos maestros entre Luchino Visconti, Marco Bellocchio, Francesco Rosi o Nani Moretti, a no ser escarbando más allá de las imágenes. Sus films, de una radical desnudez, comparte muchos rasgos, sobre todo emocionales, con los de Constanza Quatriglio, Francesco Patierno, Alina Marrazzi, Giovanni Piperno o Ivano de Matteo.
A todos ellos les interesa trabajar desde un objetivismo difícil de armonizar con las novelas o con el teatro, tampoco con los documentales.

Vincenzo Marra, en una entrevista, quiso dejar bien claro que ni intentaba situarse en el terreno de la denuncia ni en el terreno de la ejemplaridad; eso habría supuesto que estaba por encima de sus personajes y que podía decidir por ellos, otorgándole un significado concreto a cada uno de los acontecimientos que les suceden.

Una de las cosas que más llama la atención con respecto a Viento de tierra es que la cámara no dramatiza las situaciones, se conforma con observarlas como sin nunca supiese qué va a suceder acto seguido.La historia tiene lugar en un barrio de las afueras de Nápoles. En él, se ve cómo es la vida de Vincenzo y cuantos le rodean. Cuando su padre pierde el trabajo, es él quien tiene que intentar sacar adelante a la familia. Esa circunstancia le sirve al director del film para dejar claras las pocas opciones que tiene la clase trabajadora para prosperar o para cambiar. Siempre hay enfermedades o desgracias que obligan a continuar en el mismo sitio.

Vincenzo, de hecho, abandona a su novia al convertirse en el cabeza de familia, porque entonces el amor parece incompatible con sus nuevas responsabilidades. De poco sirven los eventuales trabajos de su madre con una máquina de coser o lo infructuosos desvelos de su hermana para ayudar. Nada mejora. El dinero cada vez resulta más escaso, el padre muere, la madre enloquece y la hermana no consigue encontrar ni un oficio ni un novio. Demasiadas cosas, demasiadas responsabilidades, demasiadas preocupaciones. Quizás por eso Vincenzo se deja llevar por la deseperación y participa en un atraco. Sin pensárselo dos veces. Pero en seguida se da cuenta de que la delincuencia no es lo suyo.

Más tarde acepta ingresar en el ejército, pese a disgustarle la vida castrense, porque allí al menos espera encontrar un buen sueldo que les redima a él y a los suyos de sus anteriores desgracias. Posteriormente acaba en Kosovo, en una misión humanitaria. De regreso a Italia, comienza a notar los síntomas de una enfermedad que contrajo en el ejército, mientras recorría las carreteras de la antigua Yugoslavia, donde se había utilizado uranio empobrecido durante la guerra…

Viento de tierra extrae su título de una antigua superstición de los napolitanos, que siempre prefieren sentir el viento proveniente del mar porque el que proviene de tierra trae mala suerte. Así, podría pensarse que lo que le sucede a la familia de Vincenzo obedece a una ráfaga de viento de tierra que, hacia el final, cesa sin ningún motivo concreto, obedeciendo las aleatorias leyes de la naturaleza. Después de todo, “el viento sopla donde quiere”, como recuerda Robert Bresson al comienzo de Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s’est echappé, 1956).

En ese sentido, Vincenzo Marra no cree que las desgracias de la clase trabajadora sean atribuibles sólo a la codicia del capitalismo o a la falta de escrúpulos de los poderosos, también están propiciadas por problemas endémicos -propios de los trabajadores- que tienen que ver con el machismo, la religión, el aislamiento de ciertos barrios, la escasez de expectativas y múltiples formas de opresión cultural. Quienes no tienen medios suelen estar en manos del destino por completo, como les sucede a los miembros de la familia de Vincenzo. El padre muere; la madre enloquece y se recupera; la hermana tiene un hijo soltera; y él hace continuos sacrificios sin resultados a cambio, hasta que un día todo en su vida se ordena.

Un film como Viento de tierra, que no tiene mucha relación con el cine comercial que en otro momento se habría producido en Italia, nace a consecuencia del colapso industrial italiano, que tuvo un profundo efecto en su industria cinematográfica. Lo que uno echa en falta en los films italianos que ya no llegan a nuestras pantallas puede encontrarlo en Viento de tierra, porque en sus imágenes se ejemplifican los intereses de las nuevas generaciones de directores y la descentralización existente ahora mismo entre las obras que realizan.

Han quedado atrás los films que hablaban en voz alta, por todos los italianos, y que pretendían imponer una huella universalista; desde hace unos años se reivindican los rasgos regionalistas en muchos films (un poco como sucede en los films del director asturiano Ramón Lluís Bande). Eso sirve, además de para establecer las eternas diferencias entre el norte y el sur en la sociedad occidental, las diferencias que existen entre las clases de una misma sociedad, donde haber nacido un barrio desfavorecido puede tener un enorme efecto en la concepción urbanística de las personas, en sus relaciones humanas y en su pasividad vital.


Por Hilario Rodriguez, extraído de Comentario Crítico, Filmoteca de Andalucía

AL RETRATAR A UNA TERRORISTA-SUICIDA QUE CAMINA POR LAS CALLES DE NUEVA YORK, ¿QUÉ SE HA PROPUESTO LA DIRECTORA DE CINE JULIA LOKTEV? [1]

Por Logan Hill / Traducción Carlos Zevallos Bueno

En una transitada esquina de Times Square, una joven, a la que sería muy difícil asociar con un grupo étnico preciso, espera que la luz del semáforo cambie. En la espalda, lleva una gran mochila amarilla y, en la mano, el pequeño control de un MP3. El botón que regula el volumen de la música, ha sido transformado en un detonador; un delgado cable lo conecta con la mochila; dentro de esta hay una bomba. Apenas el semáforo pase a verde, la mujer hará click.

La pregunta obvia es… ¿por qué?

Nacida en Brooklyn, hace 37 años, Julia Loktev ha escrito y dirigido esta escena de tensión insoportable. “No le veo mayores misterios. ¿Por qué alguien decide convertirse en una bomba humana y volarse en pedazos, en pleno Times Square? Cualquiera puede imaginarse los motivos”. Según la directora, la escena refleja un temor que han sufrido todos los policías y, en general, todos los habitantes de Nueva York. “Lo leemos en los periódicos, todos sabemos de qué se trata”. Para ser más específicos: todos lo hemos vivido.

Ciertamente, las ficciones sobre un nuevo ataque terrorista contra Nueva York —cinco años después de los atentados del 11 de septiembre—, han perdido algo de su capacidad de impacto. Hemos visto heroicos docudramas, tributos conmovedores; laberínticas tramas de terror (24 [2], The Unit [3]); monstruos metafóricos (The Host [4]); fantasías apocalípticas (Battlestar Galactica [5] , Heroes [6]).

Esta época de elegías dolientes acaso se cerró, el verano pasado, con World Trade Center [7]. En la hora actual, editoriales, galerías de arte y redes de televisión por cable, han impulsado un nuevo subgénero de historias, aun más truculentas (Sleeper Cell [8], Paradise Now [9]), cuyo objetivo es penetrar en la mente de los terroristas. Acaso Loktev nos haya presentado el primer híbrido de una siguiente hornada: en efecto, debido a la trivialidad y plausibilidad de su argumento, Day Night Day Night puede ser interpretada como una película de suspenso, minimalista, retorcida, incluso más aterradora que 24. Su impacto aumenta, sin embargo, si la vemos como el retrato de la crisis de fe de una joven que piensa suicidarse y llevarse muchas otras vidas consigo…

Loktev no quería una especie de relato emocionante sobre la muerte; evitarlo era uno de sus objetivos primordiales. “En la mayoría de películas, siempre hay pistas y, al final, Una Gran Lección. Pondré un ejemplo. Acabo de ver, en el avión, The Holiday [10]. Pues bien, al principio se nos dice que Cameron Diaz no ha llorado hace mucho, desde el divorcio de sus padres. Entonces, ya sabemos que, irremediablemente, en los últimos minutos, habrá Esa Gran Escena Conmovedora. No es una tara exclusiva de los grandes estudios; en las películas independientes pasa lo mismo: se nos explica por qué los personajes se compartan de tal o cual manera, nos enteramos de algún trauma infantil y, al final, nos aguardan la Redención, la Superación y el Entendimiento”.

En 1998, Loktev dirigió Moment of Impact, un documental íntimo (pero nada sensiblero) acerca de su padre, víctima de un accidente de tránsito que lo postró en cama con severo daño cerebral. Por estos días, el Global`s Feminisms —museo de Brooklyn—, exhibe la instalación Rough House, la cual, según su autora, examina el vínculo entre un hombre y una mujer que se agarran a golpes, desde un punto de vista feminista. ¿Y por qué feminista? “Bueno, porque la mujer le devuelve todas las patadas”. Loktev no oculta su escaso interés por Hollywood: “Se han puesto de moda las películas biográficas, que son algo así como el infierno para el cine de calidad”.

Otro tipo de narrativa “biográfica” motivó, en buena cuenta, su interés por el tema: los reportajes periodísticos, esos perfiles que se publican en diarios y revistas sobre mujeres terroristas y suicidas de Palestina, de Chechenia. En esos textos cotidianos y públicos, que la dejaban profundamente insatisfecha, está la semilla de Day Night Day Night. “Suelen patologizarlas, los reporteros escriben que tal muchacha no pudo concebir un hijo, que tal muchacha rompió con su novio, todo muy simple. Yo conozco a muchas mujeres que no han podido quedar embarazadas, sé de muchas jóvenes que ha terminado con su novio, y, bueno, ellas no se han transformado necesariamente en bombas humanas. Yo quería subvertir esas explicaciones propias de una sicología pop”.

Con ese objetivo en mente, evitó Una Historia Personal sensiblera y, también, eliminó los discursos políticos —aspectos que cualquier otro cineasta habría recalcado—; en cambio, Day Night Day Night se concentra en momentos simples y concretos. A cuarenta y ocho horas del atentado, la joven terrorista se corta las uñas del pie, come pizza, se viste y juguetea con su AK-47.

No sorprende, pues, que algunos críticos hayan acusado a Loktev de una colosal evasión de responsabilidades. “Que le negamos un contexto político. Que le negamos una causa religiosa. Eso dicen; eso me molesta. Evidentemente, Ella [11] no piensa volarse en pedazos sólo por la diversión, ¿no?”. Otros críticos deploran que la etnicidad del personaje no se hiciera explícita. (Seiscientas cincuenta mujeres participaron en las audiciones. Al final Loktev se decidió por Luisa Williams, una actriz debutante, también nacida en Brooklyn). La muchacha que se alista para morir y matar en medio de Nueva York ni siquiera habla con acento raro. El uso neutro del inglés en labios de una terrorista, también motivó algunas críticas. En cierta ocasión —cuenta la cineasta—, una espectadora se puso de pie y dijo que le resultaba involucrarse en la historia, porque Ella no hablaba con un dejo particular.

“Quienes atacaron Londres hablaban como británicos, tampoco tenían un acento extraño”.

Mientras escribía el guión, Loktev perdió el interés en hechos harto conocidos; más bien la fueron ganando circunstancias que, de algún modo, le parecían más fascinantes o universales: por ejemplo, los intercambios de ideas de los organizadores de los atentados —hombres que discuten la manera más adecuada de atraer a las suicidas—; o, por ejemplo, la historia de una mujer palestina que, paseando por una tienda de zapatos, se equivocó y detona su bomba antes de tiempo…

“En Moscú, una muchacha chechena iba a estrellar un camión-bomba contra un convoy; antes de hacerlo, se detuvo y se compró unos plátanos. Cuando me enteré de esa historia, pensé que la clave estaba en los plátanos, en el camión con explosivos”.

Así, la protagonista de Day Night Day Night, a punto de enfrentarse con su destino, se detiene frente al Duane Reade [12] de la Calle 42, se compra un pretzel, le echa mostaza. Lentamente, se lo come…

Extraído de The New York Magazine

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[1] What Makes Julia Loktev, Director of a New Movie About a Female Suicide Bomber, Tick? Publicado el 7 de mayo de 2007.

[2] 24, serie televisiva. Se estrenó en 2001. Protagoniza Kiefer Sutherland. Va por su séptima temporada.
/>[3] The Unit, serie televisiva; su creador es David Mamet. Se estrenó en 2006. Va por su tercera temporada.

[4] The Host (Gwoemul, 2006), película surcoreana, dirigida por Joon Ho Bong. Narra la aparición de una criatura mutante, en un puente de Seul: el ejército le sale al frente pero fracasa; un hombre común y corriente, entonces, tiene que vestirse de héroe… Un éxito comercial, en su país de origen.

[5] Battlestar Galactica, serie televisiva. Protagonizan Edward James Olmos y Mary McDonell. Se estrenó en 2005. Va por su quinta temporada.

[6] Heroes, serie televisiva. Se estrenó en 2006. Va por su tercera temporada.

[7] World Trade Center (2006), mamotreto sentimentaloide, que dirigió el cineasta izquierdista norteamericano Oliver Stone; Nicholas Cage tiene el rol protagónico. Historia “verdadera” de dos de las últimas personas rescatadas de entre los escombros de las Torres Gemelas.

[8] Sleeper Cell, serie televisiva, estrenada en 2005. Duró dos temporadas. Su título alude a las células terroristas que operan, de manera silenciosa, al interior mismo de las sociedades que han decido castigar.

[9] Paradise Now (2005), producción belga, que dirigió el holandés de origen palestino Hany Abu-Assad. Describe con minuciosidad las motivaciones y la cotidianidad de dos varones, terroristas, que planean suicidarse, atacando, al mismo tiempo, civiles israelitas. La película se estrenó en Lima como Paraíso ahora.

[10] The Holiday (2006), dirigida por Nancy Meyers. Además de Cameron Diaz, actúan Kate Winslet, Jude Law, Jack Black.

[11] En el guión de Day Night Day Night, a la protagonista se le llama simplemente así, “Ella”. En la película, nunca se menciona su nombre.

[12] Importante cadena de farmacias, fundada en 1960. Cuenta, en la actualidad, con más de 230 tiendas en Nueva York.

CAFE BALI. Una crónica

Bastó con salir del avión para sentir aquel tibio vaho que nunca calienta y esa humedad tropical que a decir verdad nunca llega a incomodar. Y es que en Bali todo tiende hacia los extremos pero nunca se llega a ellos.Todas las leyendas urbanas conocidas sobre este paraíso asiático son sorprendentemente ciertas. La del paraíso surf, la de las noches de juerga interminable, la del Shangri-la de los viajeros holandeses de los años 30 y, por supuesto, la del arte balinés, ese de pinturas tan exóticas como naif, de telas que desbordan sensualidad, de música hipnotizante y de la artesanía, claro, esa artesanía tan étnicamente cool -regia, en dialecto limeño- y tan cara en…..Ripley por ejemplo.

Pero para este peruano residente en Japón lo verdaderamente sorprendente está sólo a la entrada de Bali, en el mismo aeropuerto, en el control de migración. Porque basta con mostrar mi pasaporte peruano, ese de color guinda. Ese mismo tan mal visto, sospechoso, subestimado, ignorado y vejado en casi todo el planeta para que los encargados de migración me den la bienvenida y yo pueda salir del aeropuerto así sin más, sin necesidad de visa alguna, sin necesidad de pago por ingreso, sin preguntas inquisitorias, sin miradas intimidatorias, sin más ni más.

Como si todos los rechazos al que ese pasaporte está condenado fueran mágicamente recompensados con la más cálida bienvenida a este paraíso.Voy hacia la salida del aeropuerto, no sin antes mirar hacia atrás y ver la larga fila de japoneses y coreanos esperando su turno para pagar los 25 US $ por derecho de ingreso, y por una vez en la vida me siento afortunado de tener el pasaporte peruano, con P de patria.

Curiosamente las sorpresas que me esperarían estarían relacionadas a mi nacionalidad.

Bali hierve en turistas, europeos en su mayoría, australianos y japoneses muchos japoneses.

En Ubud el centro bohemio de Bali, las dependientas de los locales comerciales no se cansan de invitar a la gente a pasar a ver sus productos “sin compromiso, amigo”, en inglés o en japonés masticados.

En mis primeras horas en Ubud ya me habían ofrecido cuadros, telas, artesanías, amuletos, pócimas, unas 100 veces. Yo había tenido que aclarar otras 100 veces que sí, vengo de Japón pero que no soy japonés, que soy peruano. Dejar muy claro que soy peruano, porque los comerciantes utilizan a los japoneses para hacerse de ganancias de varios meses en un par de horas, ofertando sus productos a precios ridículamente sobrevaluados.
¿Que soy qué…? ¿Que vengo de donde…? ¿Y dónde queda Perú…?

Pasarse medio día charlando con los lugareños sobre el lugar de donde uno es, explicando sus virtudes geográficas, oceanográficas, gastronómicas. Es más que suficiente, sobre todo si al final de la charla no compraras sus telas, sus artesanías, sus amuletos ni nada de lo que ofrecen.

Para el segundo día ya solo atinaba a decir que yo era de sudamérica.

Ya en el cuatro día y ya en Kuta, la región de playas, la situación se ponía mas crítica. Cientos de jaladores a ambos lados de la calle ofrecían en ingles o japonés mejor masticados aun, gafas de sol, toallas, paseos guiados, yerba, masajes, de los buenos y de los mejores, manicure, tatuajes, piercings, y un largo etcétera de exquisiteces. Confiado en que la presencia de algunos surfistas brasileños haría menos desconcertante mi lugar de nacimiento, volví a decir a quien me lo preguntara que yo era peruano.
“¿Que eres qué…? ¿Y dónde está Perú…?”

Pase cuatro días en Kuta diciendo que era de donde cada quien quisiera creer que yo era. Es realmente curioso, saber que los peruanos somos recibidos en Bali sin el más mínimo trámite burocrático, pero que finalmente, nadie tiene la mas mínima idea de quienes somos o del lugar de dónde venimos.

Unas horas antes de abordar el avión de regreso a Japón, decidí gastar mis últimas rupias indonesias, así que fui hasta el Starbucks del aeropuerto. Ahí, encontré la última de las sorpresas. Pido un café americano y la amable señorita del local me recomienda el café del día. ¿El café del día?, ¿y cuál es el café del día? le pregunto. El café del día es Café de Perú, me dice sonriente mientras me muestra un display con un paquete del café del día, Café del Perú. No puedo más que sonreírle con la mejor de mis sonrisas, y le cuento que yo soy de Perú. ¿De veras? me dice. Si, este es mi país, le respondo mientras señalo el nombre de Perú impreso en el paquete de café. “¿Perdón, y donde está Perú…? “
Ciao Bali!

Por Armando Sakihara