Para hacer una película así, es necesario estar entre dos mundos, al otro lado y aquí, tal como en realidad es la vida del director turco-alemán Fatih Akin, quien ha escrito y dirigido esta película. Al otro lado (2007) es una película de frontera, de mundos muy distintos que se juntan por esos azares de la inmigración y sus consecuencias. Es una película de nuestra época, de múltiples temas y tramas que parecen que no serán resueltas, pero que Akin las resuelve con maestría. Ya nos había demostrado en Contra la pared (2004) lo que era capaz de hacer. Aunque en esa anterior película, a pesar de estar también el tema de la unión y desunión de los mundos que él conoce bien al ser hijo de inmigrantes turcos en Alemania, su rabia era latente. Era una película dirigida con las tripas. En cambio, Al otro lado es una película dirigida con la cabeza. La trama es compleja al ser una historia de múltiples idas y venidas, viajes y personas que se tratan de encontrar y no se encuentran, o se encuentran tarde. Es también una película de fatalidad, que conmueve por su humanidad. Son personajes que no viajan para transportarse de un lugar a otro, son personajes que viajan emocionalmente, y a través de estos viajes terminan de conocerse y reconciliarse consigo mismos, o bien terminan incluso perdiendo la vida, pero siempre después del descubrimiento de una verdad importante acerca de sus existencias. Nejat (Baki Davrak) es un hijo de turcos en Alemania, profesional de éxito y alemán en sus costumbres. Su padre, Ali (Tuncel Kurtiz), un turco que emigró y que nunca dejó de serlo, como sucede en todas las primeras generaciones de inmigrantes, es un hombre viudo que se consigue una nueva mujer, Yeter (Nursel Köse). El problema de esta mujer, también turca inmigrante, es que es una prostituta. Nejat la rechaza en un primer momento, pero luego descubre que esta mujer trabaja así para mandarle dinero a su hija en Turquía para que ésta pueda estudiar. La fatalidad llega a ella y muere accidentalmente en manos de Ali. Es entonces que empiezan los viajes. Nejat rechaza a su padre y decide ir a Estambul en busca de la hija de Yeter, sin saber que realmente se estarán cruzando todo el tiempo, ya que ella justo ha llegado a Alemania en busca de su madre, al estar de prófuga de la autoridad turca. La hija de Yeter, Ayten, es realmente una turca de origen kurdo, aquella etnia maltratada durante años en Turquía. Y es una universitaria kurda rebelde, metida en política y unida a un partido radical “terrorista”, tal como establece la ley turca. En Alemania no encuentra a su madre pero conoce a una chica alemana, que la ayuda de manera incondicional. Además, las dos chicas se enamoran. La madre de la chica alemana, la gran Hanna Schygulla, se pone totalmente en contra de esta relación, a pesar de ser una alemana de supuesta mente abierta. Y es a partir de aquí de donde surgen los conflictos y los múltiples viajes entre Alemania y Turquía, las tragedias en el camino y el aprendizaje para todos los personajes.Tuve la oportunidad de ver esta película en un pase de prensa en Madrid, al cual había asistido Hanna Schygulla, representando a todo el equipo de la película. Habló de la necesidad de comprensión entre el mundo oriental y occidental, de la hipocresía de Occidente, de la juventud actual, de Alemania, de Turquía, de la pérdida de ideales, de la inmigración en Europa, de los múltiples temas que se desprenden de esta película, que por sobre todas las cosas, habla de la reconciliación.La historia que nos cuenta Fatih Akin es triste y alegre al mismo tiempo, es conmovedora y profunda, y además está contada con amor. Nunca con rabia hacia ninguno de los dos mundos. Por eso digo que el tema principal es la reconciliación. Y también la solidaridad. Grandes temas que se aúnan en esa secuencia en la cual Nejat al fin llega al lugar en el cual encontrará a su padre, para reconciliarse con él, pero no sólo con él, sino con Turquía, la tierra de sus ancestros. Ahí está el mar azul, el pueblo turco, y él, un occidental hijo de dos culturas, enfrentándose a su verdadera naturaleza.
Rossana Díaz Costa