Randy (Mickey Rourke) es un campeón de lucha libre, una leyenda viva para muchos americanos. Pero Randy se está haciendo viejo y está enfermo; pronto ya no podrá luchar más. The Wrestler (2008) narra la historia de este luchador acabado, un solitario que está condenado al fracaso y a la muerte, hombre pobre a pesar de ser una leyenda, y ha supuesto el retorno triunfal de un gran actor casi olvidado, Mickey Rourke, que se mimetiza en el personaje como pocos suelen hacerlo. Está aquí, con su rostro envejecido en el cual quedan pocos rastros de aquel guapo chico de la moto de Rumble Fish, destilando sabiduría de la calle, años de experiencia en este camino difícil que a veces suele ser la vida.
La película de Aronofsky no hubiera sido lo que es sin Rourke, está anclada en su personalidad, su fuerza, su mirada, en su rostro casi monstruoso. Nos cuenta la historia de una caída, de la búsqueda desesperada de amor y compañía, de la esperanza de comunión con una hija de la que nunca se ocupó. Es que Randy quiere creer que aún no es demasiado tarde. Y nosotros queremos creer lo mismo que él, nos metemos en su soledad, lo acompañamos en sus caminatas, en su dolor, en sus errores, es una de estas películas que se sienten en la piel. De gran sencillez narrativa y de realización, el film nos recuerda que al cine se va para identificarnos con los personajes, para ser felices e infelices con ellos.
Randy es un personaje al que comprendemos, que incluso nos puede llegar a enternecer a pesar de su aparente dureza. El film, al cual recomendamos sin lugar a dudas, es una acertada metáfora acerca de la lucha que todo ser humano debe librar contra la muerte, y que nos recuerda, a cada minuto, nuestra mortalidad y fragilidad.









